Importaculismo electoral | Blogs El Espectador

La motosierra económica de Abelardo De La Espriella es una amenaza a la institucionalidad democrática. Imagen creada con IA.

  • Si Semana es el poder detrás de Abelardo y los dueños de Semana son los Gilinski, ¿Qué están pensando a esta hora los otros cacaos sobre la competencia que se les vendría desde la Casa de Nariño? Es la pregunta del millón en todos los sentidos de la expresión.
  • “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”: Antonio Gramsci, filósofo italiano.  

Imagínese a un político en mitin sincerándose con sus electores: “Yo les prometo: sangre y lágrimas”. Jamás ocurrirá, porque honestidad y política rara vez se la llevan bien.

Como ciudadanos tenemos tres opciones: escribir la historia, ponerla en manos de otros o dejársela al azar por nuestra indiferencia política. El domingo podríamos perder lo poco o mucho que hayamos ganado en materia de derechos. Mi temor tiene nombre y apellido: Abelardo De la Espriella, ADELE.

El profesor Timothy Snyder escribió un artículo y lo tituló: “Estados Unidos: El suicidio de una superpotencia”. Me dolería tener que escribir algo parecido después del 7 de agosto, si gana aquel: Colombia: el suicidio de una débil democracia. El candidato ha dado indicios de que algo así podría ocurrirnos.

Votarán por él aquellos que quisieran gozar de la buena vida que goza él, pero desconocen (o lo saben y se hacen los desentendidos), la manera cómo ha construido su fortuna en su condición de abogado: a quiénes ha defendido y con quiénes se ha relacionado. Basta con googlearlo.

Cada día aparece un titular de prensa con una revelación más aterradora que la anterior. El último corresponde a una denuncia del periodista Daniel Coronell: supuestamente, ADELE recibió en 2014 más de 370.000 dólares desde la empresa que el testaferro Alex Saab usó para desfalcar las arcas venezolanas.

Pero ¿importa lo que digan los periódicos o los periodistas en este país? A una parte de la prensa le aterra la posibilidad de que un tipo como él se ponga de ruana el poder, sin un solo mérito en la cosa pública, ¿pero acaso no es la prensa parte del mismo problema en el que ahora estamos metidos?

Colombia y sus males son la suma de todas sus élites: la élite política que manda, la élite económica que manda sobre la primera y la élite periodística, que cuando quiere y le conviene se junta con las otras dos, y cuando no están de amigos, se agarran de las greñas para volverse a contentar después. El destino del país para bien y para mal está y ha estado en manos de esas tres élites. Después de elecciones, nos merecemos el gran debate sobre qué es en realidad eso que llamamos contrapoder, quién lo ejerce, y hasta dónde le cabe responsabilidad a los periodistas del no debate electoral en esta campaña presidencial. Aceptémoslo: Los ciudadanos fuimos los primeros derrotados en esta contienda.

La prensa hizo de Abelardo una celebridad como abogado de gente famosa (y varios criminales) y ahora le aterra que sin ninguna preparación se quede con las llaves del palacio presidencial, que está en Bogotá, ciudad de la que ha despotricado. La prensa hace de las personas personajes. Recuerden la icónica tapa de Semana llamando a Pablo Escobar “Un Robín Hood paisa” (1983).

Si el país se desbarata, bajo un gobierno autoritario, la prensa independiente de los poderes —que la hay y ha sido acosada por él judicialmente— será la primera en llevar del bulto, como decimos. ¿O ya se nos olvidó cuando un presidente, Uribe, hizo cerrar la revista Cambio y otro, Duque, sacó de la señal abierta de televisión a Noticias Uno, en ambos casos por incomodar al uribismo que gobernaba entonces?

Si ADELE es presidente, la única revista que estaría a salvo de una posible censura se llama Semana. Pero ya alguien advirtió que Semana no es un medio periodístico, sino un partido político, al servicio de la campaña abelardista; una vez elegido él, se presume, estará al servicio de sus jefes banqueros. Se queja un colega porque Semana engaña a sus lectores. —Semana tiene electores, no lectores, lo corrijo.

Por otro lado, los dueños de la revista Cambio deberían pedirle a su flamante columnista Felipe López Caballero escribir una columna en su prosa somnífera para que cuente qué opina del negociazo que hizo al poner una marca emblemática como Semana, símbolo de periodismo serio y riguroso en sus mejores épocas, en manos de unos empresarios a los que el periodismo parece importarles un pito.

La llegada de ADELE a la Casa de Nariño significaría también la llegada de la familia Char al poder nacional, luego de décadas y generaciones mandando desde  Barranquilla en la región Caribe.

Ya los periódicos empiezan a alinearse, cada cual con candidato propio (lo que no es novedad en Colombia donde aún persiste la prensa hegemónica, aunque su poder se ve cada vez más menguado por las redes sociales); ahí está los casos de El Heraldo a favor de ADELE, y El Colombiano, pro-uribista. (Después de elecciones, prometo una columna para analizar el periodismo descarado que se viene ejerciendo en estas elecciones).

Sin embargo, a estas alturas del partido, a la gente le importa un bledo cualquier cosa mala que se diga sobre El Tigre. Saldrán a apoyarlo en masa, sin importar que sus reformas eliminarán puestos de trabajo y, con la misma tijera, derechos adquiridos, cuando lo que Colombia necesita es la ampliación de los derechos civiles.

A muchos no les importa, o les importa un sieso, lo difícil que fue devolverles a los trabajadores sus dominicales, festivos y horas extras, o aumentar en un digno 23% el salario mínimo. El riesgo mayor: empobrecer a los ciudadanos, tirar  por el caño avances en materia social y profundizar las desigualdades para congraciarse con los ricos. A eso se le llama un gobierno regresivo.

Cuando venga la motosierra económica de El Tigre, será muy tarde para lamentarnos. Solo quedará volvernos creyentes como él para rezar —o agradecer— que nunca vuelvan otras motosierras.  

En su cortísima estatura caben cuatro espíritus distintos, todos de la derecha extrema y todos de alguna manera nocivos para nuestra ya de por sí enclenque democracia:

Está poseído por Nayib Bukele, aquel que construye megacárceles y pisotea derechos humanos en El Salvador; poseído por el espíritu del desaliñado Donald  Trump, esa criatura rodeada con un aura de maléfica xenofobia y misoginia (se le abona al gringo que nunca ha presumido de su pene, debe ser que no tiene problemas en su entrepierna); poseído por el espíritu de Javier Milei que dejó sin empleo a miles de argentinos y a la economía de su país en cuidados intensivos, y poseído también por el espíritu de Daniel Noboa, que convirtió a Ecuador en el país más peligroso de América Latina.  

Los recortes que ha prometido ADELE traerán desempleo a Colombia. Pero eso a su fanaticada ¡qué les importa! Acaso se imaginan que su candidato llegará vestido de presidente a los barrios populares con las tulas llenas a repartir dinero o a invitarlos a un vuelo chárter en su jet privado. No seamos tan ingenuos. Podemos no ganar nada el domingo, pero sí perder lo poco que se ha conquistado en materia de derechos laborales. Aquí el rico es él y los de su entorno íntimo, y la primera vida que mejorará será la de ellos, que no pasan necesidades. Los demás tendrán (tendremos) que seguir madrugando… incluso a buscar trabajo.  

La gente corriente, como usted o como yo, está lejos de comer a manteles con un personaje así; al contrario, está cerca de que le cercenen derechos cuando pase la embriaguez política y venga el guayabo nacional. En ese caso, hacen bien los que votan en blanco por no contribuir con la debacle anunciada.

Si como candidato tildó de ignorante, en vivo y en directo, a una periodista con poder y querida por los colombianos—y ella ni siquiera se defendió al aire—, piense (pensemos), lo que nos corre pierna arriba al resto de los mortales cuando se ponga la banda tricolor, y en su primera alocución presidencial le exija a la nación entera hacer zoom en sus teléfonos celulares para hacernos partícipes de sus complejos sexuales.

El de ADELE es un voto vergonzante por fuera de la región Caribe, que no figura en las encuestas ni en las conversaciones. Eso forma parte de la muy solapada forma de ser del colombiano.

¿Por qué apostar por un personaje, recién aparecido en la política, que pordebajea a cualquiera que osa cuestionarlo? ¿Por qué ignoramos los señalamientos que pesan sobre él?

Impotente, aunque optimista, saldré a votar el domingo y que pase lo que tenga que pasar. Nadie se queje después cuando ya para qué, porque estábamos advertidos. Ojalá el temor no se convierta en un tumor difícil de extirpar. Salgan a votar, pero no con mentalidad cantinflesca. Voten por cualquiera, menos por un señor sin pinta de presidente que ofrece circo sin pan. 

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Alexander Velásquez

Escritor, periodista, columnista, analista de medios, bloguero, podcaster y agente de prensa. Bogotano, vinculado a los medios de comunicación durante 30 años. Ha escrito para importantes publicaciones de Colombia, entre ellas El Espectador, Semana (la antigua); El Tiempo y Kienyke. Ha sido coordinador del Premio Nacional de Periodismo CPB (ediciones 2021, 2022, 2023). Le gusta escribir sobre literatura, arte y cultura, cine, periodismo, estilos de vida saludable, política y actualidad. Autor de la novela “La mujer que debía morir el sábado por la tarde”. El nombre de este blog, Cura de reposo, se me ocurrió leyendo “La montaña mágica”, esa gran novela de Thomas Mann.



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