Cassandra Jenkins – My Light, My Destroyer | Crítica

Cuenta la mitología griega que Casandra hizo un pacto con el diablo. Éste era (con permiso de los historiadores) Apolo, el mismo que un día le dio el don de la profecía, y otro la maldijo a escupitajos por rechazar su amor. En Wikipedia no consta que Casandra se apellidara Jenkins, pero sus historias no andan tan lejos: ambas entraron en un espiral de locura por culpa de Apolo, el Dios de la Luz. Pero el caso es que antes las hizo profetas. Y mientras una vaticinó que el Caballo de Troya era un engaño, la otra predijo que en la destrucción iba a estar la salvación de su existencia creativa. En “My Light, My Destroyer” (Dead Oceans, 2024) se acaban los mitos. La neoyorquina trae a la realidad ese tercer disco que tenía en la cabeza y que no le salía. Escapa así de lo que ella llama “El valle de la desesperación” (cuando las ideas no salen ni con aguarrás) gracias a una inspiración que tardó en llegar más de la cuenta. Quizá era porque venía del espacio exterior.

Las estrellas aquí siguen siendo el denominador común de una Jenkins que juega con nuestras ilusiones: tanto es una elegante musa como una astronauta al ojo vago. Eso es trasladable a lo sonoro, donde la artista, apoyada por Andrew Lappin en la producción, es capaz de darle la dimensión que realmente tienen los astros; mágica e inmensa. El resumen de todo esto es ‘Betelgeuse‘ (estrella del cinturón de Orión), el interludio central del disco, donde escuchamos una conversación real de Cassandra y su madre observando planetas. La nimiedad de una charla casual como ésta se convierte en un tema bestial del cual, junto a ‘Omakase‘ (portadora del título del disco), orbitan el resto de canciones. Es así como mejor se entiende el álbum, al fin y al cabo como una secuela lógica de “An Overview on Phenomenal Nature”.

Ambos largos encajan en la misma constelación artística-musical, aunque puestos a observar, esta obra brilla con otras intensidades. Porque propone más, por tanto, se expone más (13 temas vs 7 del anterior). Porque juega sutilmente con nuevos ambientes dentro de su amalgama púrpura (desde el folk esférico y de vocación de nana de ‘Devotion‘ hasta la base onírica estrellada de saxos de ‘Only One‘, que no puede recordar más a Julia Holter). Porque también segmenta con otros idiomas (‘Attente Teléphonique‘). Y porque tiende a ser un disco más lineal, a pesar de tener unas buenas curvas (‘Aurora, IL‘). Con todo, el estilo de Jenkins no es fugaz. Gracias él (de nuevo) establece un hilo conductor que ya resulta familiar y que se basa en un spoken word de lo más circunstancial y creativo.

Sobre este disco recorre un poco el síndrome del hermano mayor, cuyo éxito eclipsa las valías del pequeño. Sin embargo, como todo en la vida es cuestión de tiempo. Después de todo, sus rayos de luz propios despiden a la destrucción. Cuenta Jenkins que ahora se le plantea el reto de proyectar todo este microuniverso sonoro en directo. En vista de ello, y como ya viene anticipando la mitología, el día que venga a Barcelona se va a comer a Apolo.



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