Madrid,
Soledad Sevilla llegó a Madrid en 1966 desde su Valencia natal y uno de los primeros artistas a quienes conoció en la capital fue Eusebio Sempere; se vieron en el contexto del Centro de Cálculo de la Universidad e iniciaron entonces una amistad estrecha. Como recordaba la propia autora en el catálogo de la muestra que brindó a ambos, en 2019, la Galería Fernández-Braso, en aquel tiempo la producción de ambos se consideraba muy fría, y a ella le sorprendía, porque atisbaba en Sempere emoción, belleza y sensibilidad, pese a que en aquel momento la obra de los dos, y de otros creadores de su generación, pivotará más en torno a discusiones formales que a partir de un discurso teórico.
Para los dos, acercarse al Centro de Cálculo no implicó tanto la adopción de una postura estética como el alejamiento respecto al academicismo en que se habían formado, por eso para Sevilla, como ella misma ha señalado, supuso un viaje de ida y vuelta: ella no encontró su camino en la tecnología.

Una de las dos exposiciones con las que la sede madrileña de la Galería Marlborough pone fin este mes a su andadura es “Entre dos horizontes”, un conjunto de treinta pinturas y una instalación que Sevilla llevó a cabo partiendo de una pequeña obra del alicantino, aunque ese origen se fuera diluyendo en el tiempo dedicado a la producción de estas piezas, basadas en el trabajo con elementos básicos de la pintura, la línea y el color, y con el concepto de horizonte.
Las primeras interpretaciones que la artista llevó a cabo de aquel trabajo de Sempere las efectuó con grafito y en formatos reducidos para después llevarlas al pincel, a una paleta cromática amplia y a tamaños más grandes, los habituales en su trabajo. En todo caso, tienen en común las obras reunidas sus geometrías rigurosas, fruto de procesos meticulosos; la modulación, igualmente muy estudiada, de sus tonos; y la captación de efectos atmosféricos, que tanto en el de Onil como en Sevilla pueden evocar una naturalidad de carácter místico (en el caso de la valenciana, es posible apreciarlo también en sus composiciones vegetales.

Incluso en estas, ha explicado que trabaja siempre a partir de una línea, en parámetros abstractos y haciendo suyos algunos rasgos propios del minimalismo o del expresionismo abstracto estadounidense; entiende que de su trazo, el de la línea, puede extraerse casi todo: En el fondo, a partir de la línea, que puede ser ínfima, por acumulación o por repetición, juego con el espacio y al eliminar la unidad permito que aparezca algo distinto. Nunca he sido figurativa.
A veces a partir de ellas genera retículas, como ocurrió en la serie que dedicó a sus visiones de La Alhambra o al estudio de Las Meninas; ya a fines de los noventa, esas redes desaparecieron para dar lugar a formas orgánicas (Muros, Apostolado) o a geometrías más personales; en todo caso, en esta exhibición esa fisicidad apenas surgirá pues nuestra mirada siempre se dirigirá a sus horizontales, sea por la configuración formal de las piezas o el sentido que aportan sus títulos o por sus referencias al citado concepto de horizonte, siempre al nivel de la mirada del espectador.

Ante estos trabajos, no nos quedará otra que reconocer la belleza de la línea recta, capaz de hacernos contemplar tres dimensiones del horizonte, como se hace evidente en la instalación reciente Persecución de lo minúsculo, datada este mismo año y basada en la sucesión de setecientos alfileres de cabeza redonda, pintados en su mitad de negro, dispuestos obre las cuatro paredes de una de las salas de Marlborough. Los hilos entre ellos dan lugar a una corriente que parece incidir en la importancia del todo y de lo uno (sin una sola de las piezas, nuestra percepción del conjunto no sería la misma, y al revés tampoco).

El panorama galerístico madrileño tampoco será igual tras el cierre de este espacio, previsto para finales de este mes, aunque esta sala informará próximamente de los detalles, el destino de su inventario y el programa filantrópico que anuncian emprender: parte de los beneficios obtenidos de la venta de sus fondos se dedicará a instituciones culturales sin ánimo de lucro para el apoyo a artistas contemporáneos. El pasado abril, la junta directiva de la firma, con filiales en Nueva York, Londres, Madrid y Barcelona -anteriormente las tuvo, además, en Roma, Zúrich, Toronto, Montreal y Tokio-, anunció el fin de sus 78 años de historia, iniciada de la mano del inmigrante judío Frank Lloyd, el comerciante de libros austriaco Harry Fisher y David Somerset, cuando aún no era duque de Beaufort.
Comenzaron trabajando con obras impresionistas, postimpresionistas y modernas francesas, para más tarde ampliar su campo a los grandes autores posteriores a la II Guerra Mundial, como Francis Bacon, Henry Moore, Lucian Freud, Ben Nicholson, Frank Auerbach, R.B. Kitaj, Barbara Hepworth, Eduardo Paolozzi, Paula Rego y Graham Sutherland. La sede madrileña de Marlborough abrió sus puertas en 1992, y la barcelonesa, en 2014; en la primera, junto a esa muestra de Soledad Sevilla, nos esperan piezas de Rita Ponce de León y Navarro Baldeweg, dentro del proyecto “En respuesta a la gravedad”.


“Soledad Sevilla. Entre dos horizontes”
C/ Orfila, 5
Madrid
Del 30 de mayo al 25 de junio de 2024
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