“El principio ha dado a luz el final
Todo continuará igual
Las sonrisas gastadas
El interés interesado
Las preguntas de piedra en piedra
Las gesticulaciones que remedan amor
Todo continuará igual”: Del poema El despertar, de Alejandra Pizarnik.
Cuando la Cámara Colombiana del Libro despertó, la FILBo todavía estaba allí.
La feria se volvió aburrida y el aguacero empeora todo. La gente, cansada, se sienta por ahí a comer cualquier cosa mientras varias salas de conferencias permanecen casi vacías, salvo que usted sea (otra vez) la vedette y se llame Mario Mendoza. O venga de afuera, y se le trate como a un ave exótica.
Hay quienes llegan preguntando “y aquí que están dando”, típico de nosotros los colombianos. Entran, se acomodan y a chatear se dijo, desentendidos de las conversaciones con o entre autores. Los más jóvenes nacieron cansados. Muchachos de colegio (yo también tuve 20 años y recuerdo lo sabroso que era perder el tiempo), yendo en parche y sin saber la razón de estar en Corferias. ¿Contribuir con el ruido y el caos peatonal? Por si acaso, nos recuerdo el slogan de este año: “Escucharnos es leernos”.
La feria es la misma, por no decir la misma vaina de todos los años. No hay novedad, hasta la lluvia regresa testaruda de abril en abril, como un poema sombrío que se estrella sobre el asfalto, aunque yo preferiría una lluvia de estrellas arriadas por un meteorito… a ver si los señores de la FILBo despiertan como el dinosaurio de Augusto Monterroso.
Menos mal están los pabellones (por fortuna nunca se mueven de su sitio) para soportar la tormenta que me atormenta. Dejé de comprar paraguas, porque todos los pierdo. Me pasa lo mismo con las sombrillas.
La feria envejeció en todos los sentidos. Debe ser que a la Cámara Colombiana del Libro también le salieron canas y necesita revolucionarios de la palabra antes de que la palabra muera ahogada en su tinta. Sí, una revolución libresca, el estallido de los párrafos. Lo que sea, pero que algo pase para conjurar tanta monotonía. Poco a poco, el amor por FILBo me lo están matando.
Hay autores nuevos y valiosos, pero ciertos medios parecen empecinados con los mismos tres… cuatro… a lo sumo cinco, de siempre. De la literatura infantil poco se habla. Los niños son el futuro pero aquí el presente son los viejos, y cuando los niños sean de verdad el futuro, ya viejos serán. Somos la nación de las frases publicitarias: puro cuento, y no en sentido literario.
Ya no tengo claro cuál es el propósito de la FILBo. ¿Vender libros a la lata? ¿Formar lectores? ¿Promover el turismo y las caminatas saludables en un país sedentario?
Sí, me han cercenado las ganas volver a la Feria. Antes necesitaba varios días para recorrerla de pe a pa. Ahora, a falta de novedad, me habita la jartera. Una vez es suficiente, dos sería masoquismo; si usted va más veces es porque es periodista cultural y le toca, es expositor o vendedor, o un amigo le pidió encarecidamente que lo acompañe a la presentación de su nuevo hijo.
Porque para que un escritor llene la sala debe convidar amigos y familiares, y a veces ni con eso… salvo que usted se llame Mario Mendoza.
Informa la FILBo que hubo 2.300 eventos durante los 14 días (mal contados, son 164 por día) Con tanto evento, el tiempo se va en ojear la programación y buscar las salas en aquel laberinto. Hay tanta cosa en la agenda como si de un mercado persa se tratara. ¿Llenar por llenar (lo que sea que haya que llenar)? ¿Cuál es el criterio? ¿Se puede apelar a la calidad por encima de la cantidad o es necesario tener contento a cada expositor con stand en el certamen?
Quienes alquilan un espacio (que barato no es para las pequeñas editoriales, por ejemplo), esperan vender para recuperar la inversión, y no siempre eso pasa. “Ya no cabemos ahí, que cobren duro y los mejores escenarios se los den a Planeta y Random House”, se quejó un editor-escritor.

En la oferta infinita y variada, la literatura queda relegada. Porque no hay una intención genuina por hacer que el visitante conozca y consuma cualquiera de los géneros literarios, como aquel que entra en la iglesia buscando redención al tragar la hostia. Se venden, eso sí, muchas palomitas de maíz, como si uno estuviera en cine. Y hasta parece, porque al ver que nada cambia, se tiene la impresión de que esta película tan cansona ya la ha visto antes. Una fotografía en sepia.
¿Hace la prensa cultural control sobre quienes tienen en sus manos la promoción de la lectura en Colombia? ¿Por qué no exigirle a la Cámara Colombiana del Libro un cambio extremo a ver si en 2027, el año de los 100 años de Gabo, la FILBo espabila y provoca?
Una Feria del libro debe ser más que la mercadería de espacios para exhibir libros. Debe haber un propósito altruista para que la gente sienta el llamado de la letra impresa. La FILBo debe aprovechar mejor los ríos de gente (más de 560 mil personas en esta edición).
Quinientas sesenta mil personas distribuidas en 2.300 eventos, arroja un promedio de 243 personas por sala. Llegué a una donde, conmigo, éramos diez gatos. Y, sin embargo, valió la pena estar ahí. ¿Demasiada oferta cultural en un país de incultos?
Los políticos sí entienden para qué sirve una clientela cautiva. (Al margen, un pajarito me contó que algunos de los presidenciables invitados al foro con candidatos de El Espectador, ni siquiera sabían que existe una Ley de Cultura.
¿Quién responde por el despelote en que se ha convertido la Feria Internacional del Libro de Bogotá, especialmente los fines de semana y festivos?
El sábado 2 de mayo, un novelista, preso de la angustia, me envió por WhatsApp un audio: “Cuando hay tanta gente, no se puede andar; este año fue peor que el anterior. Me puse a pensar: ¿y qué tal si ocurre una estampida? Si a un loco le da por hacer una broma gritando peligro, incendio o bomba, es probable que haya muertos. Me di cuenta de algo: no hay personas controlando la horda humana. Todos caminaban, yo también, en todas las direcciones, como yendo a ningún lado. Tenía un evento y llegué media hora tarde”, se lamentó.
Ese día mi amigo escritor se sintió ahogado entre tanto gentío dentro de un pabellón. “Cabezas por todo lado, y ni un claro de luz”, me dijo. Aunque suene increíble, en días de alto tráfico peatonal, se necesitan en Corferias personas con señales de tránsito en la mano antes de que ocurra lo impensable.
Pero avancemos en medio del tumulto. Nos privan del placer de tener entre nosotros a los últimos premios Nobel de Literatura, que con algo de suerte seguirán vivos a la vuelta de los próximos 10 años, a ver si un día los traen y expandimos la mente, sin necesidad de un viaje psicodélico.
Bien por la India como país invitado de honor, pero pobrísima la difusión de su literatura por parte de la FILBo. Como hecho para destacar, la visita de la escritora Kiran Desai, que pasó prácticamente desapercibida para la prensa. Es autora de tres novelas aclamadas por la crítica: Alboroto en el guayabal (1999), El legado de la pérdida (2006) y La soledad de Sonia y Sunny, de la cual El Espectador reprodujo un capítulo que recomiendo, lo mismo que el diálogo de la autora con la colombiana Pilar Quintana.
En conclusión, no creo sinceramente que, después de 38 ediciones, la FILBo esté a la altura de las ferias de Madrid, Frankfurt, ni siquiera la de Guadalajara. El capitalismo salvaje no puede ser la medida de todas las cosas: libros costosos, parqueaderos costosos, boletería costosa, comida costosa y taxi adicional, porque la estación de TM está lejos, relejos.
Se reporta que el Salón Internacional de Negocios alcanzó 1.246 citas con expectativa de ventas por USD 4,1 millones. Debe haber algo más allá del afán mercantilista, porque el libro es el último refugio seguro en un mundo que se descuaderna en nuestras narices. Si alguien lee esto en la Cámara Colombiana del Libro, ojalá que en lugar de callar o refunfuñar, diga: “sí, mucha razón tienen los quejetas, vamos a hacer algo”. Y se atrevan a hacerlo, aunque sea para cerrarnos la boca.
Cada año alguien llama la atención sobre las mismas cuestiones. Tristemente, las paredes no escuchan.
Laura Galindo, periodista y pianista, escribió en El Espectador, sobre la FILBo 2025: “Una edición a la que le faltó música, inmersión y diálogo editorial; con más autores que lectores y en la que pareciera más sencillo publicar un libro que comprar uno. Una edición en la que el tema principal no logró pasar de un slogan y en la que, salvo algunas conversaciones, pasó de agache entre los invitados”.
En un artículo de Razón Pública, titulado “Una feria de segunda”, el escritor Darío Rodríguez dijo en 2018: “La Feria Internacional del Libro de Bogotá (FilBo) no es comparable con otras ferias del libro en América Latina”.
La FILBo sedujo al principio. Ya no. Por monótona, acartonada, repetitiva, tristísima, como aquel miércoles lluvioso en que salí aburrido envidiando a los que sí llevaban paraguas (o sombrilla), preguntándome por qué diablos los libros de Mario Mendoza no me seducen.
¿Eres tú, Mario, o soy yo?