La Virgen María no quiere ser mamá (Cuento)

Imagen creada con ayuda de inteligencia artificial.

Era la víspera del Día de la Madre.

Cuando San Gabriel la visitó, a María no le cayó en gracia. Es más, le pareció un imprudente por aparecerse a deshoras, con ella desarreglada, sin maquillar y con la casa desordenada. Fue un atentado a su vanidad.

—Serás la madre del Salvador del mundo —le soltó el arcángel—, y María por poco se desmaya. La noticia la cogió en ayunas.

La Virgen quería prepararse para la vida; la maternidad no figuraba entre sus planes. Quería recorrer el mundo, ser libre; no se veía desvelada arrullando, preparando teteros o cambiando pañales. El asunto aquel de la depresión posparto la aterraba.

—¡Serás mamá por obra y gracia del Espíritu Santo! —continuó Gabriel que batía sus alas con fuerza en un primer intento por convencerla—. Siéntete afortunada, mujer. ¡El Todopoderoso te ha elegido!

—¿Mamá soltera?, reflexionó ella para sus adentros, con gran perturbación.

El arcángel bailaba de la dicha suspendido en el aire. A María, en cambio, le parecía que Dios era un ser inhumano por querer imponer su bendita voluntad.

Pero la voluntad divina estaba sellada en las Santas Escrituras y nada ni nadie podía ajustar el guion… ni siquiera Dios, quien ya había escogido esposo por ella. Se llamaba José. Aunque trabajador, ella aspiraba a un hombre de mejor posición económica, y no un simple carpintero. —“El palo no está para cucharas”, pensaba María.

Creía que este era el peor día de su vida. Sin embargo, lo peor estaba por suceder al enterarse por boca de Gabriel que la criatura ya venía en camino.

—¿Cómo así? —exclamó ella, abriendo como platos sus ojos oscuros.

María quedó en una posición embarazosa: tener o no tener al bebé.

Se sirvió un chocolate para digerir con pan la nueva no tan buena. El arcángel, cariacontecido, no quiso ni sentarse.

—Desayuné muy temprano con un suculento plato de maná —se disculpó sobándose la barriga.

Y prosiguió:

Sooorry, yo solo soy el mensajero —dijo con el rostro desencajado. Dio un portazo y desapareció en el acto. O eso creyó ella.

La Virgen lloró. Sin quién la consolara, atravesó esa noche con el sueño a medias.

Cuando despertó, el arcángel Gabriel todavía estaba allí.  A través de la ventana, María pudo ver que tenía los nervios de punta. Pues claro: el arcángel debía rendirle cuentas a Dios. Hasta pensó en decir que María no estaba en casa, pero sabía que Dios no se tragaría esa mentira.

Confundida, la mujer corrió esa mañana hacia donde su prima Isabel que vivía en Judea.

La emoción de Isabel se transformó en angustia cuando María le hizo una confesión:

—Ya no sé si soy o no soy virgen —se lamentó.

A Isabel, que también estaba encinta, casi se le sale la criatura.

—Anoche no pegué ojo, Isa —continuó María, temblorosa.  Lo que quiero decir es que me embaracé o me embarazaron, ya ni sé que estoy diciendo.

—¿Me estás hablando de una violación o algo así?, la interpeló Isabel de un solo alarido.   

María no sabía cómo responder semejante pregunta.

—No preguntes cosas que no sabría responder. ¿Y si aborto? —remató entre sollozos.

Isabel se sintió en la nebulosa. Y cuando María le contó los detalles del encuentro con el arcángel, le pareció pura ficción; incluso, creyó que María alucinaba. Presa del pánico se recostó sobre la pared, pues era una declarada antiabortista. Para Isabel, ninguna razón justificaba la interrupción del embarazo.  

—Prima, nadie puede contradecir las decisiones divinas —le dijo ofuscada a María, mientras acariciaba con dulzura su propio vientre. ¡Te expones a su ira santa!

Y enseguida abrió un libro y leyó: “Mía es la venganza”, dijo el Señor” en el Antiguo Testamento, ya que el Nuevo Testamento estaba aún sin escribirse: justo estaba sucediendo ante sus ojos, y a punto de estropearse.

María se defendió:

 —Un hijo es una carga para toda la vida. No quiero amarrarme. Quiero ser alguien importante —le explicó ya más calmada, inocente de su propio destino en la Historia de la Humanidad.

—Además, te digo algo: Este hijo jamás fue planeado. No planeado por mí —aclaró rápidamente.  Me parece cruel traer un hijo con este mundo patas arriba.

Lo que vino después fue muy confuso y difícil de explicar.

La historia se fue al traste, se canceló la visita de los Reyes Magos, que llevaban medio camino a lomo de camello, y no hubo un final feliz como Melchor, Gaspar y Baltazar esperaban. Hasta la estrella de Belén perdió su brillo.

En el cielo estalló la revolución cuando llegó la noticia de que no habría un Salvador que salvase a los humanos de sí mismos. Una mujer empoderada había cambiado el curso de los acontecimientos. No había quien consolara a los querubines, pues San Pedro era simplemente Pedro y no había nacido.   

A la mañana siguiente, cuando María despertó, se sintió aliviada, pues hasta Herodes se salvó de ser el villano. Sin querer queriendo, la Virgen –que ya no era virgen o en realidad no sabemos- había salvado la vida de decenas de criaturas inocentes… sin sospechar que dos mil años después un Herodes peor, vestido de primer ministro, buscaría venganza en Palestina contra miles de inocentes. Pero esa historia de horror y de la vida real no figura en las Santas Escrituras.

¿Era esa la venganza del Señor?

FIN (pero no el fin de los tiempos).

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Alexander Velásquez

Escritor, periodista, columnista, analista de medios, bloguero, podcaster y agente de prensa. Bogotano, vinculado a los medios de comunicación durante 30 años. Ha escrito para importantes publicaciones de Colombia, entre ellas El Espectador, Semana (la antigua); El Tiempo y Kienyke. Ha sido coordinador del Premio Nacional de Periodismo CPB (ediciones 2021, 2022, 2023). Le gusta escribir sobre literatura, arte y cultura, cine, periodismo, estilos de vida saludable, política y actualidad. Autor de la novela “La mujer que debía morir el sábado por la tarde”. El nombre de este blog, Cura de reposo, se me ocurrió leyendo “La montaña mágica”, esa gran novela de Thomas Mann.



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