A sus 45 años, Argenys Rojas Hoyos, una caficultora de Timaná. Huila, es ejemplo de tesón y superación.
“… cuando una mujer campesina decide narrarse, no solo escribe su historia: abre un camino para que otras también lo hagan”: Ana Patricia Collazos, editora y prologuista del libro “Mi historia”, sobre la vida de Argenys Rojas Hoyos.
En medio de las carencias en que se crío, Argenys intuyó desde pequeña que un día sería alguien importante. Mientras soñaba despierta entre cafetales, hacía las labores de cualquier jornalero en la finca de sus padres, donde vivían de coger café. La falta de energía eléctrica no era la única carencia.
Hizo el bachillerato por radio hasta el grado noveno, y décimo y once en un colegio de su natal Timaná, caminando diez kilómetros diarios, muchas veces aguantando hambre.
No se había graduado aun cuando tuvo que enfrentar la primera de dos tragedias familiares: el suicidio (por envenenamiento) de su padre, en junio de 1998, apenas una semana después de ella cumplir 17 años.
“Los investigadores nos culpan a nosotros de la muerte de él. Imagínense, nosotros unos chinos. Nos conducen a todos a la Fiscalía para investigar el homicidio, nos preguntaron una y otra vez qué sabíamos sobre la decisión de mi papá. Nosotros no sabíamos nada, fue una decisión que él tomó, personal. Lo único que puedo decir es que siempre, desde que yo recuerdo, cuando mi abuelo se suicidó a mi papá se le metió en la cabeza esa idea también”, relata en el libro.
Los seis hermanos y la viuda debieron seguir adelante con sus vidas. Dos años después, en octubre de 2000, su hermano murió en un accidente de tránsito. “A él se le estalló el corazón, la caja torácica se le comprimió, y la masa encefálica le quedó expuesta”, me cuenta Argenys en una conversación vía WhatsApp.
Con la muerte del hermano, iniciaron el proceso de demanda contra el gerente de un banco que ocasionó el accidente por imprudencia. “El señor tenía que parar y no paró. Luego dijo: ´ante los ojos de Dios, yo maté a ese muchacho, pero que me lo prueben ante los ojos del mundo´. Y eso fue lo que no pudimos probar”.
Perdieron el proceso, pues lo declararon caso fortuito, sin posibilidad de reabrirlo. “El poder y la plata prostituyen los procesos. En el libro no están esas palabras, pero a usted se lo digo”, relata hoy, atragantada por el recuerdo.
Sobre la tumba de su hermano, Argenys juró que sería abogada “para que a la gente pobre no le pasé lo que nos pasó a nosotros”. En la casa la tildaron de loca, le decían que eso era cosa de ricos. Mientras tanto, libraba su propia batalla interior. Con dos duelos encima, sintiéndose culpable por la muerte del papá, buscó respuestas hasta en el más allá: pasó por un convento, hizo varios ´viajes´ a través del yagé y cayó en manos de espiritistas-, hasta que tuvo un accidente y, como dice, conoció de Dios.
“Crecimos con unos papás analfabetas, sin quién lo orientara a uno; cuando yo necesitaba entender la vida, la respuesta que recibía era la misma: ´yo no sé, usted verá´. Este ha sido el consejo de mi mamá: ´Si tiene con qué, cómprelo´, así que desde los 11 años tuve que encargarme de mis cosas”.
El único juguete de infancia fue una muñeca de pelo azul. En su casa nunca supieron lo que era celebrar un cumpleaños, menos una fiesta de 15.
En medio de esas circunstancias complejas, que no presagiaban un final feliz, Argenys le demostró al mundo, pero especialmente a sí misma y a los suyos, que vale la pena apostar por uno. No solo se hizo abogada de la Universidad de la Amazonia –hoy ejerce como defensora pública-, sino que se especializó en Derecho Contencioso Administrativo y obtuvo su Maestría en Derecho Público, con préstamo de los bancos y la ayuda de sus amigos.
“Yo siempre he dicho que, gracias a Dios y a los amigos, estoy donde estoy, ellos me han impulsado y me han ayudado, por ello yo creo en la amistad”, relata en el libro.
Todo empezó con 50 mil pesos que tenía en sus bolsillos. “A mí en la casa me daban la pasilla (lo que queda luego de zarandear el café) y yo la vendía. Esos cincuenta mil los convertí primero en un millón y los puse a ganar intereses (…) hasta que tuve cinco millones de pesos…”.
Y sí, póngale la firma, hoy es una persona importante, pero con su esencia de mujer campesina intacta. Me muestra una fotografía suya en medio de un paisaje cafetero vasto y bellísimo en las laderas de la vereda de Pantanos (Timaná, Huila), y me dice sin titubear: “Ahí haré un mirador para cuando esté viejita”.
Y le creo, porque después de conocer su vida, a través de las 222 páginas de “Mi historia”, que así se titula su autobiografía, publicada por la editorial Tierra de Palabras-, uno puede entender el poder de aquello que se decreta. Esas palabras que nacen del corazón y del alma, pero también desde las tripas, porque este libro se escribió primero con las entrañas y luego con tinta.
Leerlo es como estar ahí, en la sala de la casa de Argenys, escuchándola hablar, tal cual como es ella, con desparpajo, sin adornos, directa con las frases, orgullosa de la tierra que la parió el 9 de junio de 1981.
Argenys en su natal Timaná, Huila.

“Sin campo no hay ciudad, si nosotros paramos la ciudad no sobrevive”: Argenys Rojas, caficultora huilense.
Es la doctora Argenys cuando se para en los estrados judiciales. Es la exconcejala a la que todos saludan en el pueblo. Es la caficultora que se formó de manera empírica desde niña y convirtió su pequeña herencia (menos de una hectárea de tierra), en una empresa que hoy produce un café especial premiado por su calidad y exquisitez, con ventas a Rusia, Israel y República Checa. La marca se llama Café Horo, “con H de Hoyos por mi mamá y el Rojas de nosotros”, dice.
Con la pandemia, dejó códigos y leyes a un lado y volvió a los cafetales para apoyar a su hermano; con ese lote de café ganaron la Taza de oro del Yara Champions en 2020, con una puntuación de 86,47.
La hacienda está ubicada en un lugar bendecido por las condiciones climáticas. “… en el día hace sol y en la noche cae mucho sereno lo que produce un choque térmico que hace que los azúcares se concentren mucho más en el grano de café”, relata en el libro.
Pero también es la líder cafetera, que goza de la admiración y el respeto de la Federación Nacional de Cafeteros, pues hoy ocupa dos sillas importantes: un asiento en el Comité Departamental de Cafeteros del Huila (al cual representó como productora en el III Foro Mundial de Cafeteros, en Ruanda, África) y otro asiento como delegada suplente en la junta directiva de “Juan Valdez”, reelegida el 25 de marzo para un periodo de dos años. Además, El Espectador la reconoció como Personaje del Año 2025. Actualmente cursa un doctorado en Derecho en una universidad mexicana, “para que me digan doctora de verdad”.
Le pregunto si todavía sueña despierta. Sonríe y dice que le falta aprender a bailar San Juanero y a tocar guitarra.
Este domingo 3 de mayo, en la Feria del Libro de Bogotá, Argenys Rojas Hoyos presentará el libro “Mi historia”: (Corferias, Carpa Cultural, 7:00 de la noche)
Alexander Velásquez
Escritor, periodista, columnista, analista de medios, bloguero, podcaster y agente de prensa. Bogotano, vinculado a los medios de comunicación durante 30 años. Ha escrito para importantes publicaciones de Colombia, entre ellas El Espectador, Semana (la antigua); El Tiempo y Kienyke. Ha sido coordinador del Premio Nacional de Periodismo CPB (ediciones 2021, 2022, 2023). Le gusta escribir sobre literatura, arte y cultura, cine, periodismo, estilos de vida saludable, política y actualidad. Autor de la novela “La mujer que debía morir el sábado por la tarde”. El nombre de este blog, Cura de reposo, se me ocurrió leyendo “La montaña mágica”, esa gran novela de Thomas Mann.