Roy Barreras e Iván Cepeda, candidatos presidenciales.
“La bajeza más vergonzosa es la adulación”, decía Sir Francis Bacon.
Roy Barreras jura que el voto en blanco es el antídoto contra la polarización. No convenció a 300 mil personas en la consulta interpartidista, pero ahora se montó en el embeleco de convencer a cinco millones de indecisos para que, salvo él, voten por ninguno.
Le pregunté a un amigo qué opinaba de Roy. —Aunque no me cae ni bien ni mal, es la clase de político que genera más desconfianza que pasiones. Él se lo ha buscado, me dijo.
El candidato presidencial, que a estas alturas ya debe ser consciente que podría sacar menos votos que los 257 mil que logró en la consulta interpartidista -a juzgar por las encuestas, no tiene ni el 1% de favorabilidad- está en campaña agitando de manera tímida la bandera del voto en blanco, según él para derrotar a los extremos, el uribismo y el petrismo. De ese asunto habla en la última entrevista con María Jimena Duzán.
El hombre apela a los, dice él, cinco millones de indecisiones que hay en Colombia llamándolos a castigar a los extremos que representan el petrismo —del cual hace (¿hizo?) parte— y el uribismo, del que formó parte y al que hoy dice aborrecer.
Con disímulo, Roy Barreras está mostrando el cobre del resentimiento, ese primo hermano de la envidia y el rencor. Ya no llama compañeros a sus amigos (¿?) de la izquierda, ni muestra intenciones de querer respaldar la candidatura de Iván Cepeda, a quien bautizó como izquierda radical, junto con su fórmula vicepresidencial, la líder indígena Aída Quilcué.
¿Es Cepeda un extremista por soñar con la pacificación del país como sueña el propio Roy? Que el médico-poeta aclare en qué consiste la radicalización del candidato del Pacto Histórico, porque se usan los medios para rotular a la gente, tildándola de esto o de aquello —como hace la derecha cuando llama comunista a Cepeda sin ser comunista—, sin más argumento que la rabia dócilmente contenida. Porque así es Roy: lanza la piedra, esconde la mano, y luego endulza el agravio con una ligera adulación. Es lo que hace con Cepeda.
A Semana le dijo: “Yo lo conozco hace 17 años e Iván Cepeda es un hombre honesto, que actúa de buena fe y que está absolutamente comprometido en la defensa de los derechos humanos, las víctimas, la paz, la verdad y la defensa de la JEP”.
Ya lo dijo Jonathan Swift: “Cuidado con el lisonjero. Te está alimentando con una cuchara vacía“.
A Roy se le abona que ha sido un trabajador incansable de la paz, pero se contradice cuando, solapadamente, siembra dudas sobre Cepeda. Tiene sus motivos.
Aporreado en las encuestas, el único camino que le queda es el de aterrizar, en segunda vuelta, en cualquier campaña que le garantice cuotas burocráticas para los suyos y un puesto importante para él como funcionario público en el próximo gobierno, aunque en Colombia los políticos siempre encuentran una mano caritativa. Cualquier embajada sirve de escampadero.
Resentido como está con la izquierda, —culpa a Petro de su fracaso en la consulta del 8 de marzo— y experto en pasar de cama en cama, ideológicamente hablando, no es fácil adivinar cuál será su siguiente jugada. Se mueve al ritmo que marque la veleta (léase voltereta) electoral. A falta de un papá, a Roy le sobran los apellidos: galanista, uribista, santista, petrista. Cansado de tanto linaje, ahora se monta en un nuevo cuento: el del voto en blanco. Pero también esa puede ser una estrategia calculada, porque para calculador él. Falta ver si está pensando en convencer a Claudia López y Sergio Fajardo de acolitar la idea.
Los políticos saben que no deben fiarse entre ellos. Hoy Roy Barreras no es una figura atractiva para ninguna campaña como no sea la propia, que no va para ningún lado. Enredado en la estratagema de sus ambiciones personales, ha sido víctima de sus propios trucos. Ha perdido cierto respeto, por decirlo de alguna manera. El suyo es un caso bien interesante para ser analizado en las facultades de ciencia política: cómo sepultar una carrera en la vida pública sin morir del todo.
Aunque se vende como una persona bienintencionada, no siento genuino su discurso social, ni siquiera por el hecho de haberse levantado en la pobreza, un asunto que usó como tema de campaña. Una vez dijo: “La pobreza puede doler más que el hambre”. Me quedé pensando: ¿acaso el hambre no viene incluido con la pobreza?
Roy es un mago con las palabras, las usa con destreza, pero hay que saber leerlo entre líneas para adivinar sus intenciones ocultas. En cada entrevista siempre tiene una nueva revelación, como ese caramelo que se le da al niño para entretenerlo. Si la política no es entretenimiento, ¿entonces qué es?
Pero en algo debemos estar de acuerdo con él. Estoy de acuerdo con Roy en que a punta de periodicazos el país no resolverá sus problemas más sensibles, como lo hace la pintoresca estrategia de campaña del uribismo después de reclutar a regañadientes a Juan Daniel Oviedo.
Roy podría pasar a la historia como un gran arquitecto de la paz: ha demostrado capacidades y conocimiento en este campo-. Unido a Cepeda, podría ser el siguiente Alto Consejero para la Paz. Un gran legado para que la historia lo recuerde con gratitud. La paz, más que el voto en blanco, es la bandera que un país de violentos debe seguir abrazando hasta que dejemos de matarnos. Los buenos oficios de Roy podrían servir para que el país cumpla lo que acordó Santos en 2016.
Ahora bien: si los candidatos presidenciales fueran tres —Paloma, Roy y Abelardo—, Roy tendría más mérito que ellos dos juntos
Su discurso como presidente del Congreso en la posesión de Gustavo Petro, cargado de fina coquetería, dejó ver el buen orador que es –a cada cual lo suyo-; casi parecía él el presidente de la República, lo que demuestra que el país le cabe en la cabeza, aunque algo hizo mal y ahora está rumiando las consecuencias.
Después del 31 de mayo, Roy tendrá dos caminos: o reinventarse reconociendo con humildad sus propios errores o transitar la senda del oportunismo que tan familiar le es. A sus 62 noviembres quizás esté a tiempo de redimirse.
Ah, pero ya anda pregonando que se retira de la política. Veremos con qué sale mañana, porque con tal de figurar, siempre tiene, como el mago, una carta bajo la manga: otro lánguido golpe mediático. Si resulta cierto que no va más, de pronto el poeta mata al político, y a nadie culparán por ese crimen. Porque siempre habrá un político esperando la caída de otro.
Espere mañana: Vicky Dávila, la mujer de las tres P, y el debate presidencial contaminado.
Alexander Velásquez
Escritor, periodista, columnista, analista de medios, bloguero, podcaster y agente de prensa. Bogotano, vinculado a los medios de comunicación durante 30 años. Ha escrito para importantes publicaciones de Colombia, entre ellas El Espectador, Semana (la antigua); El Tiempo y Kienyke. Ha sido coordinador del Premio Nacional de Periodismo CPB (ediciones 2021, 2022, 2023). Le gusta escribir sobre literatura, arte y cultura, cine, periodismo, estilos de vida saludable, política y actualidad. Autor de la novela “La mujer que debía morir el sábado por la tarde”. El nombre de este blog, Cura de reposo, se me ocurrió leyendo “La montaña mágica”, esa gran novela de Thomas Mann.