El politólogo Edwin Cruz puso a circular en Colombia, recientemente, el término Pornopolítica, en un libro del mismo nombre (Bogotá, ediciones Desde abajo, 2025). Es un término y un concepto interesante porque pone de presente algo que ya algunos filósofos posmodernos habían mostrado a finales del siglo pasado, a saber, que la política se había vaciado de contenido, más precisamente, que se había convertido en espectáculo. En esos momentos se habló de pos-política, por ejemplo, en la obra Las estrategias fatales de Jean Baudrillard. La idea era que, en la posmodernidad, en esa era del vacío, en medio de la condición epocal, donde todo se diluye en el discurso, en la imagen; donde, para decirlo con Marx retomado por Marshal Berman, “todo lo sólido se desvanece en el aire”, el contenido mismo de la política perdía valor. Todo se trasladaba a la superficie, al efectismo, en suma, al show político.
Dice Edwin Cruz:
“las formas de escenificar en la actividad política contemporánea están fuertemente marcadas por la extensión de caracteres propios de lo pornográfico a la totalidad del campo de lo visible. Predomina la exhibición, tanto de la imagen personal como de la interioridad subjetiva, y el capital erótico como mecanismo para visibilizarse, marcar distinción social y monetizar, es decir, traducir las distintas formas del capital. [Es] atraer la atención mediante lo obsceno, lo sorprendente, lo escandaloso” (p. 20-21).
La política para Cruz se convierte en espectáculo, en show, una tendencia que él rastrea con Berlusconi en Italia y con Donald Trump, pero que hoy constatamos también con Milei, con Bukele y con la campaña tal como la está desarrollando en Colombia el candidato Abelardo de La Espriella. En la pornopolítica el sujeto se somete a un determinado régimen de percepción, un régimen escópico en términos del historiador y filosofo Martin Jay, donde la forma como este ve el mundo es planificada, organizada. Como en la pornografía, el sujeto acude a un show prefabricado, a escenas planeadas y diseñadas para el consumo pasivo; el sujeto consume un producto, imágenes, lo que implica consumir formas de ver el mundo, valores, aspiraciones, deseos. Es una política libidinal, que mueve energías psíquicofisicas que modulan el deseo o lo que se quiere.
Esto es lo que se mueve en la política espectáculo o pornopolítica que vende de la Espriella. Su escenificación lujosa, la presentación social de sí mismo como un hombre exitoso, de negocios, con su avión y sus relojes costosos, busca crear identificaciones afectivas con ese modo de vida. Lleva al elector a desear ese modus vivendi, lo cual, inevitablemente, terminará en frustración. El lujo mueve fibras, mueve deseos. En una sociedad consumista, como en la que vivimos, donde es más importante el tener que el ser (contrario a lo que recomendaba Erich Fromm), hacerles creer a los electores pobres o de clase media, que podrán ser como el político rico y millonario que los gobernará, produce efectos en la subjetividad…la coloniza con ideales mercantilistas. Lo que se busca con la identificación creada y manipulada (por medio del lujo) es algo a cambio: un voto.
Pero esa pornopolítica también está presente en la plaza pública, en la tarima, en el escenario. Este es diseñado para crear el efecto relampagueante, vistoso. Y así como las mercancías se exhiben cuidadosamente en las vitrinas, acompañadas a veces con luces de neón y con una estética prefabricada, el político-actor de la Espriella se presenta cual estrella de Rock, bien vestido, para mostrarse y venderse al público como la mercancía deseada, la que el elector tiene que comprar. El uso de luces, coreografías, intros, videos de fondo, música, configuran un régimen de percepción visual que va en desmedro de la reflexividad del futuro votante. Aquí lo importante es la escena, el escenario, más que las ideas, el discurso, el programa. El votante asiste a un espectáculo coreografiado donde los contenidos del programa político pasan a un segundo plano y se olvidan en medio del humo vibrante del espectáculo.
Pero estas escenificaciones que simplifican todo, van acompañadas también de un discurso simplificante, o, mejor, de eslóganes reductivos, cuasi vacíos. El eslogan “Firmes por la patria” es una proposición simplísima. El uso de la palabra patriarcal “Patria”, que viene de padre, que protege, es estratégica, porque remite a una semántica afectiva. La patria es una idea abstracta, sentimental, que alude a una esfera, a un espacio protector, jearquico y autoritario; remite, además, a identificaciones románticas con un pasado y con una tradición. Pero en Colombia ¿de qué Edad Dorada, de qué tradición estamos hablando? No es claro. La patria, la nación, el partido, la religión, etc., esos universales abstractos (y también los sustantivos colectivos) son peligrosos, como decía E.M. Cioran. Recuerdo que mi maestro Darío Botero Uribe decía que: “los credos religiosos y los partidos políticos han derramado más sangre a través de la historia que cualquier otra causa”. Pues bien, en una parte de las huestes fervorosas que apoyan a de la Espriella parecen haber individuos dispuestos a sacrificarse en el altar de la Patria.
Digamos que la expresión “Firmes por la patria” es un eslogan sencillo, de esos que se clavan fácilmente por repetición en la cabeza de la gente; es una frase que no tiene mayor contenido y que genera un automatismo mental. El resultado: un “pensamiento” acrítico, unidimensional y operativo que prescinde de la reflexión y la dialéctica de las ideas, tal como ya lo describía el filósofo alemán Herbert Marcuse cuando hablaba del “lenguaje orwelliano”. El eslogan es militarista y va acompañado de un saludo militar. Ese militarismo es hábilmente asociado por de la Espriella con el deseo de muchos colombianos: el de la seguridad del país. Con todo, el securitismo como política es bastante peligroso. En Colombia lo sabemos, pero también en las dictaduras del Cono Sur (Argentina y Chile), pues llevado al extremo deriva en violación de derechos humanos, arrestos sin justificación, caza de brujas, persecución de opositores, violación del debido proceso o, en el peor de los casos, desapariciones, torturas y asesinatos. Así que la idea de “destripar a la izquierda” o fumigarla como si fuera un virus, puede volverse una realidad, ya que ese securitismo es inmunitario y puede pretender limpiar a sangre y fuego todo aquello que no comulgue con su forma particular de concebir el cuerpo social.
La seguridad no puede ponerse por encima de la democracia o del derecho. Eso siempre termina mal. Elegir a un gobierno con carta blanca para el securitismo es darle también carta blanca para el abuso de autoridad y el autoritarismo. Ya lo vivimos en Colombia con el Estatuto de Seguridad de Turbay Ayala y con su segunda versión la Seguridad democrática (¿?). También es palpable en el Salvador con la toma institucional que ha realizado Bukele en aras de “seguir defendiendo” a sus ciudadanos. El resultado: madres que buscan a sus hijos desaparecidos en las cárceles y un punitivismo que tiene encarcelados a más de 80.000 personas. Las cárceles no son, a mi parecer, ni deben ser, símbolo del progreso de una sociedad. Mas bien, es todo lo contrario: su presencia es prueba fehaciente de que esa sociedad ha fracasado en sus políticas públicas y sociales, que ha fracasado construyendo un país con bienestar.
Pero, además de la seguridad, está la promesa de proteger la propiedad de una cierta élite, de la misma en la que el candidato logró, tras su trabajo con clientes de dudosa reputación, ingresar, mezclarse; esa élite con quien parece estar formado un pacto oligárquico para la defensa de sus intereses y sus negocios. A esto debemos sumarle una personalidad autoritaria mezclada con una aparente imagen chabacana, bacana, fresca y ligera, que le da licencias machistas, sexistas y homofóbicas. Esta mezcla de cualidades, de atributos, confluyen todas en un personaje show que se vende como mercancía en una democracia formal que se ha tornado ritual, vacía, sin contenido.
Abelardo de la Espriella es un muñeco (aunque de carne), como decía Carolina Sanin; un Frankenstein armado artificialmente con partes de Milei y de Bukele; un pastiche. Del primero copia el show, pero también su nefasta idea de achicar el Estado, con lo cual limita su alcance y su capacidad de acción en la sociedad; del segundo, asume su autoritarismo. Por si fuera poco, es un candidato que simpatiza con Trump y con el sionismo genocida de Israel. Eso es un verdadero peligro para la región y para el país, pues encarna la crisis axiológica que vive la cultura occidental ampliamente cómplice (con algunas excepciones) de la barbarie en Gaza, Cisjordania y Líbano.
Es cierto que no hay candidato perfecto, confeccionado al gusto del elector, pero sin duda de la Espriella es el que representa un peligro mayor para los excluidos de Colombia, para los pobres, para sus instituciones y su ya débil democracia. En esto debemos estar de acuerdo con Ana Bejarano.
Digamos, finalmente, que la pornopolítica no debe gobernar un país porque entonces lo verdaderamente importante, lo fundamental, la salud, la reforma agraria, la educación, el bienestar social, va a ser desplazado por el espectáculo constante…por un espectáculo peligroso y antidemocrático que puede arrasar con todo.
Damian Pachon Soto
Profesor titular de la Universidad Industrial de Santander y Visitante Asociado del Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Estudios Extranjeros de Kobe (Japón). Doctor en Filosofía y miembro de la Sociedad Colombiana de Filosofía. Convencido de que la filosofía contribuye a la cualificación de la democracia mediante la crítica y la cualificación de la discusión pública.
Autor de los libros “Herencias coloniales de larga duración y decolonialidad” (Universidad Industrial de Santander, 2025), “La modernidad filosófica española y su influencia en la filosofía latinoamericana” (Kobe City University of Foreign Studies (2024), “Estudios sobre el pensamiento colombiano, volúmenes I y II (Bogotá, ediciones Desde abajo 2011, 2020), “Espacios afectivos. Instituciones, conflicto, emancipación” (en coautoría con Laura Quintana, Barcelona, Herder, 2023), “Política para profanos” (Universidad Industrial de Santander, 2022), “El imperio humano sobre el universo. La filosofía de Francis Bacon” (Bogotá, 2019), entre otros. Colaborador habitual de Le Monde Diplomatique (Colombia) y de Filosofía&Co (España y América Latina)