Hace treinta y cuatro años, en 1992, Concha García presentaba, en fechas cercanas a éstas y en la Galería Siboney de Santander, una muestra sin título, pero con publicación complementaria, en la que la artista, justamente nacida en la ciudad, exponía algunas de sus reflexiones sobre lo que implica -y lo que no supone- recordar: La memoria no es el registro objetivo de hechos pasados. No es racional ni intelectual. Es esencialmente infiel y subjetiva.
La exhibición que, desde el próximo 8 de agosto, ofrece esta autora en la Sala Robayera de Miengo lleva precisamente por título, retomando aquellas ideas, «La memoria infiel» e insiste en la estrecha relación con este concepto de la obra de García, un vínculo de tintes sentimentales y enfocado al deseo de preservar lo valioso y querido del pasado y el presente: en este espacio cántabro, recientemente ampliado cuando suma 37 años de historia, podremos ver dos conjuntos de trabajos, ligados respectivamente a la recuperación y transmisión de su legado familiar a través del registro e inventario de objetos y a los modos de hacer en el Mediterráneo y en Castilla. Así, ha reunido piezas que remiten a la historia clásica, griega y romana, de Malta -donde una parte de estas obras ya ha podido contemplarse, en el Pabellón de España en su Bienal-, y a la cerámica popular desarrollada por los alfareros vallisoletanos de Portillo.
Por muy infiel, subjetiva o difusa que la memoria pueda ser, parece querer expresar la artista, recurrir a ella es inevitable porque se encuentra en el sustrato de lo que somos y hacemos, de manera muy patenta y concreta en su propia trayectoria creativa. Del pasado y no de la invención pura brotan casi todos los temas y maneras de su arte y el de todos y el olvido raras veces ha sido fuente de innovaciones, sino más bien, como recalca Fernando Zamanillo en los textos que completan esta propuesta, de sufrimiento.

Concha García. Memoria infiel. Sala Robayera, Miengo
De la memoria surgen los afectos que el arte recoge y estimula, como los pedazos rotos que Concha García recompone en sus vasijas, a un tiempo nuevas y viejas, o como los papeles o telas a los que concede la solidez de la porcelana. Más que recuperar enseres que quedaron atrás, busca volver a dar forma a un paisaje general, incluso a sus tonos, como el verde que define esta región. Ha tardado este género en introducirse en su producción, pero ella confesaba, para otra muestra reciente en Cabo Mayor, haberlo hecho suyo, a su personal manera, con emoción: Mi infancia la recuerdo entre verdes, verdes muy intensos. Y como pintora, el verde es un color para mí absolutamente espantoso… Es innegable que el paisaje en verdes es como una pequeña herida en mí. Pues ante la adversidad, nada mejor que enfrentarse. Y aquí sigo, a vueltas con el paisaje en verdes.
Forma parte del pasado traído al presente que también nutre sus grabados, dibujos, muebles o instalaciones. Los reunidos ahora en Miengo parecen compartir con los mismos frutos del recuerdo una veladura que insiste en su carácter fragmentario, incompleto o evanescente; señala Laura Cobo, como si aún pudieran desaparecer.

Concha García. Memoria infiel. Sala Robayera, Miengo
La serie Vasijas del silencio consta de moldes hallados en el desván de un alfar de Portillo que aún guardan la impronta de un oficio transmitido durante siglos. Olvidados mucho tiempo, y en teoría inútiles, García parece haberlos traducido a nuestra época, recuperando y ofreciendo nuevas lecturas a través de relieves de hoy inspirados en los de antes, sin diluir su origen ni sus manos primeras. Aquellas que probablemente dieron forma a estas piezas para atesorar agua, alimentos, semillas, aceites, ungüentos o cenizas. Hoy, cerradas a nuestra mirada, no sabemos qué resguardan, pero nuestros propios recuerdos podrían concederles contenido.

Concha García. Memoria infiel. Sala Robayera, Miengo
Con ellos se relaciona El resto de los días, proyecto que consta de objetos tomados de su propio pasado familiar que ya perdieron su función a falta, quizá, de ser dotados de una nueva. La artista los ha recogido y ordenado en lotes; ha clasificado, por tanto, memorias. Sus tejidos entremezclados con porcelana, las huellas en sus barros o los fragmentos que se acercan pero no llegan a encajar nos hablan de vulnerabilidad y, de nuevo, de la imposibilidad de coser el pasado como fue, pero también de la posibilidad de activarlo para nuestra memoria.
Lo expuesto al tiempo nos resulta, en este trabajo, a un tiempo delicado y resistente.

Concha García. Memoria infiel. Sala Robayera, Miengo
Porque no había tiempo más que para partir cuando partimos, por último, nos sumerge en el imaginario del viaje en el mar, esto es, del tránsito, las separaciones, el posible naufragio y los relatos que narrar. Ha dispuesto la artista, en la Sala Robayera, una canoa tejida con hilos de oro y varillas de plata, también bañadas en oro, cuya levedad material podría contrastar con la dureza del viaje y con el peso de lo que en él transportamos, por más que no sea más que nuestra identidad y memoria.
Contempladas de forma individual o en su conjunto, las piezas que componen la muestra adquieren voz propia y pueden interpretarse como metáfora de las relaciones entre el ser humano consigo mismo y con su entorno más cercano. No es casual que cerámicas y muebles hayan sido el eje de la obra de Concha García, ya que se trata de objetos con funciones muy definidas en el transcurrir de nuestra vida cotidiana que simbolizan momentos muy íntimos para cada individuo. Al ser despojados de su uso primero, estas piezas promueven la incertidumbre, quizás el estado que mejor define lo que no cambia en nosotros a lo largo del tiempo.

Concha García. Memoria infiel. Sala Robayera, Miengo
Concha García. «Memoria infiel»
Antiguas Escuelas
Barrio El Castro
39318, Cudón, Cantabria
Del 8 de agosto al 13 de septiembre de 2026