Fue Umberto Eco quien alumbró la utopía de un museo dedicado a una sola obra, donde el espectador no tuviera posibilidad de cansarse y pudiera adquirir una comprensión honda de la pieza en cuestión.
La visión del italiano inspira, en parte, un nuevo programa expositivo en el Museo del Prado: se llama Una obra, una historia y centra su primer capítulo, comisariado por Carlos G. Navarro y Celia Guilarte, en la composición El año del hambre en Madrid (1818), de José Aparicio. El propósito de este proyecto es, según Miguel Falomir, director del museo, proponer al visitante “contemplar una obra que, más allá de sus méritos estéticos, permita reflexionar sobre aspectos de la historia del arte que a menudo pasan inadvertidos”.
Este lienzo tiene carácter histórico por su contenido y por su propio devenir. Célebre desde la apertura del Prado en 1819, cuando se le conocía como “cuadro del hambre”, regresa a sus salas, previa restauración, para que lo contemplemos desde muchas lecturas: el recuerdo de una catástrofe social, la ambición política con la que se planteó, su comprensión deficiente y la caída de su prestigio.
De dimensiones monumentales (315 x 437 cm), esta obra evoca la hambruna que padeció Madrid en 1811-1812, y que habían conocido, por tanto, quienes visitaron el Prado tras su apertura siete años más tarde. En la imagen, un conjunto de figuras delgadísimas rechaza con heroísmo el pan que les ofrecen soldados franceses, integrando una alegoría de la “constancia española” y de la teórica fidelidad popular al absolutismo reestablecido por Fernando VII, de ahí la presencia de la inscripción “NADA SIN FERNANDO” en una de las pilastras de la escena. Una tragedia se convertía en instrumento de legitimación del hijo de Carlos IV.
Cuando abrió sus puertas el museo, esta pieza de un pintor de historia, cortesano y canónico, como era José Aparicio (seguidor de Jacques-Louis David), se disponía frente a un Goya: Carlos IV a caballo, fechado en el cambio de siglo.
Neoclásico en su estética, este trabajo constituyó, por tanto, un artefacto político; un rol subrayado, además, por su ubicación: para la ocasión se ha reconstruido su emplazamiento original, en colaboración con la Universidad Complutense, incidiendo en que ese espacio era entonces propiedad de Fernando VII.
Cuando comenzaron a darse cambios ideológicos y sociales, esta composición poco ambigua devino sospechosa. Su fama declinó hacia 1872, cuando se aprobó la anexión, mediante Real Decreto, del Museo de la Trinidad, y la consiguiente reordenación de las salas del Prado. El “cuadro del hambre”, que no se alineaba con el discurso liberal imperante tras la Revolución de 1868, fue una de las piezas damnificadas, ganando peso Goya y sus imágenes violentas de la guerra.
Con su traslado al Ministerio de Fomento en 1874, El año del hambre en Madrid fue objeto del primer depósito de pintura que el Prado realizó siendo ya museo nacional, y también del primero en imbuirse de ideología. La creación del Museo de Arte Moderno en 1898, con Federico de Madrazo como responsable, supuso un episodio nuevo en el periplo de la obra de Aparicio. Recalca la muestra que hoy pensamos en Goya como un artista moderno y en este pintor o Madrazo como autores conservadores, pero no siempre fue así.
Más tarde el cuadro llegó al Museo de Historia de Madrid en 1927, tras su paso por un edificio del Senado, nuevamente como depósito del Prado.
Esta exposición recoge los Desastres de Goya, retratos de Fernando VII por el aragonés, estampas basadas en pinturas de Aparicio a cargo de Bartolomeo Pinelli y Antonio Raffaele Calliano y críticas de la pieza en la prensa de su época, que dan fe de su popularidad.

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