Le Terroir regresa al Festival Perelada con Lorena Nogal y Álvaro Esteban

 

Publicado en dB

Festival Castell de Peralada

Le Terroir, la creación de Lorena Nogal y Álvaro Esteban inspirada en la transformación de la uva, ha regresado al Festival Perelada con un recorrido coreográfico inmersivo por los jardines del Celler 1923. La danza, la música electrónica de Franco Mento, la arquitectura de RCR y la participación activa del público vuelven a integrarse en una experiencia concebida específicamente para este espacio.

Le Terroir regresa al Festival Perelada con Lorena Nogal y Álvaro Esteban

Le Terroir ha vuelto a los jardines del Celler 1923 de Perelada un año después de su estreno en este mismo espacio. El Festival Perelada ha recuperado el encargo realizado a Lorena Nogal, responsable de la dirección, la idea y la coreografía, que comparte autoría e interpretación con Álvaro Esteban.

La reposición ha permitido comprobar la consistencia de una obra creada desde el lugar y para el lugar, arte específico —lo que habitualmente se denomina con el anglicismo site specific—, construida a partir de las condiciones específicas de los jardines, los porches, los materiales, la memoria del vino y las perspectivas del edificio proyectado por el estudio de arquitectura de la Garrotxa RCR Arquitectes, ganadores del Premio Pritzker.

La pieza ha mantenido el formato itinerante y la proximidad con los espectadores, convocados a desplazarse junto a los bailarines y a modificar la mirada a medida que avanzaba la función.

Le Terroir regresa al Festival Perelada con Lorena Nogal y Álvaro Esteban
Le Terroir, de Lorena Nogal y Álvaro Esteban, en los jardines del Celler 1923 durante el Festival Perelada 2026 – © Toti Ferrer

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Le Terroir, de Lorena Nogal y Álvaro Esteban, en los jardines del Celler 1923 durante el Festival Perelada 2026 – © Toti Ferrer

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Le Terroir, de Lorena Nogal y Álvaro Esteban, en los jardines del Celler 1923 durante el Festival Perelada 2026 – © Toti Ferrer

Le Terroir regresa al Festival Perelada con Lorena Nogal y Álvaro Esteban

La transformación de la uva hasta convertirse en vino continúa proporcionando la estructura conceptual del espectáculo. Nogal traslada este proceso al cuerpo humano, sometido también a cambios físicos y mentales, y lo organiza en cuatro bodegones distribuidos por distintos puntos del jardín de la bodega.

Cada «estancia», como dice Nogal, establece unas reglas propias de distancia, orientación y ritmo. La sucesión no explica de manera literal el trabajo vitivinícola ni reproduce sus gestos, porque tampoco es esa la idea.

Toma conceptos como el tiempo, la manipulación de la materia, la espera y la modificación progresiva, que pasan al movimiento y a la relación entre los dos intérpretes. El recorrido ha adquirido así una lectura clara sin necesidad de un argumento cerrado.

El regreso de Le Terroir también ha confirmado que la obra depende de la actividad de quien la contempla. El público no ocupa una posición fija ni recibe una imagen frontal ya resuelta. Se reúne alrededor de Nogal y Esteban, cambia de lugar entre las escenas y decide desde qué ángulo observa cada acción.

Los cuerpos aparecen de perfil, de espaldas o parcialmente tapados por otras personas; una secuencia puede percibirse completa desde un punto y fragmentada desde otro.

Esta condición convierte a cada espectador en responsable de su propio montaje visual. La pieza exige atención a la danza y también a los vacíos, a los trayectos, a la distancia que se abre o se cierra y a la forma en que el grupo se organiza sin un patio de butacas que le indique hacia dónde mirar.

En su texto para el programa de mano, la periodista, traductora y crítica de danza Valèria Gaillard señala que los espectadores deben «completar los cuadros y decidir cómo es la pieza». La función de hoy, como la del año pasado, ha hecho especialmente visible esta idea.

La disposición del jardín y la arquitectura han actuado como una parte efectiva de la composición: han enmarcado a los intérpretes, han condicionado sus entradas y salidas y han ampliado la profundidad de las imágenes.

La piedra, la madera, los parterres, la vegetación, el cielo y las líneas de la bodega han determinado el campo de visión, mientras la luz del atardecer alteraba gradualmente los volúmenes, distintos a los del año pasado, ya que no se ha repetido el cielo nítido de entonces y un manto de nubes ha tamizado la luz de forma diferente.

Le Terroir asume estos cambios reales y los incorpora a una dramaturgia que conserva el orden de las escenas y deja margen a las circunstancias de cada función.

Nogal ha desplegado con virtuosismo el lenguaje que ha desarrollado durante años con La Veronal, que requiere una gran precisión, basado en la disociación, la asimetría y la posibilidad de mostrar varias direcciones dentro de un mismo cuerpo.

En la proximidad que propone el espectáculo se aprecia con detalle el trabajo de las articulaciones, los cambios de tensión y el paso súbito de una figura compacta a otra que parece desmontarse. Su precisión ha encontrado en Esteban a un interlocutor atento al peso, el contacto y la respuesta física.

La relación entre ambos bailarines ha sido uno de los ejes más sólidos de la función. Ha habido pasajes de acercamiento, fricción, apoyo y transmisión del impulso en los que cada movimiento de un intérprete ha alterado la posición del otro.

Los contactos han ido redefiniendo las figuras y, entretanto, Nogal y Esteban han mostrado dos cuerpos con identidades diferenciadas que comparten una misma lógica de transformación.

La continuidad del proyecto desde el estreno de 2025 ha favorecido una complicidad escénica que se percibe en la seguridad de los desplazamientos y en la capacidad de sostener los silencios corporales ante un público situado a muy poca distancia. La composición musical de Franco Mento ha dado continuidad al trayecto y ha establecido el clima particular de cada bodegón.

El músico, diseñador de sonido y artista visual combina sonidos orgánicos, pulsaciones electrónicas, bajos profundos y cortes rítmicos. En Le Terroir este vocabulario sonoro funciona como una capa espacial que orienta la atención, marca transiciones y refuerza los cambios de intensidad.

La música participa del mismo principio de mutación que la coreografía: acumula texturas, modifica la densidad y abre periodos de suspensión. El sonido ha contribuido a conectar escenas y a mantener la percepción de una obra única durante los movimientos del público.

El último bodegón ha conducido el recorrido hacia la celebración y ha reunido los elementos desplegados durante la velada: dos intérpretes en transformación constante, una comunidad temporal de espectadores, una naturaleza resplandeciente durante la puesta de sol sobre la cubierta de la bodega que las nubes han respetado, y una arquitectura que ha vuelto a formar parte de la danza.

Como explicábamos hace un año: «La contemplación, la manipulación, la transformación y, finalmente, el placer compartido de la celebración, que ha terminado con un cuadro absolutamente espectacular con los intérpretes recortados en el horizonte, sobre el techo de la bodega, en plena puesta de sol. Ha sido —y hoy ha vuelto a serlo— uno de los momentos más mágicos y sobrecogedores que se han vivido en el festival».

Recuperar la pieza ha dado continuidad a una producción propia del Festival Perelada y ha permitido que el encargo supere la condición de acontecimiento único asociado al estreno.

La función de hoy ha preservado el estrecho vínculo con el Celler 1923 de Perelada y ha puesto de manifiesto que su forma admite nuevas lecturas porque el lugar tampoco ofrece nunca exactamente la misma imagen.

La posición del público, la luz y las condiciones ambientales alteran la recepción de un material coreográfico preciso.

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