UN REVOLCÓN POLÍTICO | Blogs El Espectador

En medio de sus diferencias, Petro y De la Espriella, tienen sus semejanzas, en buena medida
porque se desenvuelven en un escenario político muy desordenado y confuso, donde los viejos y
desgastados partidos, crecientemente irrelevantes, han perdido su importancia como actores en
el juego político. Ambos son hijos de esa crisis; no surgen de organizaciones partidistas, de las
cuales son fuertes críticos, al asociarlas con la crisis de la política y del país.
Son un ejemplo contundente de que hoy ésta tiene como su ordenador y movilizador más
importante, no como antaño, a las organizaciones políticas partidistas, sino a la fuerza carismática
de unos líderes; vivimos una política más centrada en la persona del líder, que en los
planteamientos y propuestas que este haga. No es exagerado decir que priman las emociones
sobre las ideas; obvio que las emociones siempre han rodeado la propuesta y la acción política,
siendo, si se quiere, su envoltura y señuelo, pero con la crisis en que esta se sumió, y no solo en
Colombia, se convirtieron en el alma del discurso político.
Lo que hoy estamos viviendo en Colombia, plantea una pregunta cuya respuesta podremos
empezar a encontrar, en los próximos meses: ¿Se generará un reagrupamiento político que no sea
solo coyuntural? ¿Será ideológico, de propuestas o solamente electoral? Pienso que podría tener
un doble carácter; de una parte, con los planteamientos diferentes, propios de ambas
organizaciones, y de otra parte, con unos puntos concretos que exigen una atención nacional,
suprapartidista. Planteamientos, ante todo, sobre la seguridad, que reclamaría llegar a acuerdos
que le permitan al país tener una política clara, firme y realista al respecto, alejada de
maximalismos de uno u otro extremo. Igualmente, estarían las relaciones internacionales,
asumidas desde una perspectiva del interés nacional, basadas en relaciones soberanas y no
impuestas por las arbitrariedades y caprichos de Trump, máxime ahora, cuando este enfrenta una
creciente oposición y rechazo que, muy seguramente se manifestará en las elecciones “de mitaca”
del Congreso en noviembre, cuando podría perder la actual mayoría en el Congreso.
Abelardo ya como Presidente, necesita ampliar su base de apoyo político, sin caer en las prácticas
habituales (“clientelistas”) que criticó fuertemente y que le dio un significativo apoyo,
especialmente de personas de una clase media, mamada con la politiquería, que cuatro años
antes se lo había dado a Petro, no por izquierdista – que nunca he creído, que lo sea -, sino porque
propuso un gobierno reformista, de corte socialdemócrata para adelantar un cambio, un tanto
difuso, que reclamaba la ciudadanía; se inició nombrando un gabinete de amplia representación
política. Rápidamente, luego de unos logros importantes, como la reforma tributaria y el Plan de
Desarrollo, y de sus intentos fallidos por imponer, sin discusión, una reforma a la salud y una
agraria, criticadas por sus ministros socialdemócratas – José Antonio Ocampo, Cecilia López,
Alejandro Gaviria -. Petro reaccionó cambiando el gabinete y rodeándose de incondicionales,
muchos sin experiencia pero incondicionales suyos, que creyeron estar haciendo, finalmente, la
revolución largamente soñada. Petro llega al final de su gobierno, con sus promesas incumplidas,
dejó sus discursos grandielocuentes, plenos de ofrecimientos y críticas, y una opinión
desencantada, que sigue reclamando cambios.
En ese escenario confuso y frustrado, aparece Abelardo que gana las elecciones con otro discurso
apasionado y movilizador, de denuncia. ¿Cómo gobernará? ¿Cómo podrá hacerlo? ¿Será que se
inicia en este cuatrienio un nuevo capítulo de la política en el país, con nuevas organizaciones



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