¿Cancelará Morrissey a última hora? ¿Habrá descansado bien? El sábado muchos de nosotros nos preguntábamos, medio en coña, medio en serio, si el ex-líder de The Smiths sería capaz de dejarnos plantados como hizo este año en Valencia. Una posibilidad perfectamente probable (ya van más de 400 cancelaciones en su carrera), que añadía grandeza y deseo a la cita en el Poble Espanyol de Barcelona en el marco de Barts Festival, para qué nos vamos a engañar. Por esa parte, no parecía que la cosa fuera a torcerse: sobre las ocho, riadas de personas ya caminaban por las laberínticas calles de Montjuic en busca de la puerta trasera del reciento, una entrada poco habitual. Llegar a pista fue lo más parecido a hacer un freetour por la España de cartón piedra, con la ironía del universo de que el público asistente era mayoritariamente local; una vieja guardia que en la actual ciudad ha quedado diluida por la internacionalidad; la resistencia.
Aunque unos minutos tarde, Morrissey apareció como suele: con recado inaugural a Estados Unidos, proyectando a James Baldwin (novelista homosexual y activista contra el racismo) enjaulado entre los barrotes de la bandera estadounidense. Había bolo, todo estaba a tono. Hombre de pocas palabras, con ínfulas de Dios, espontáneo y totalmente impredecible en lo que piensa, dice y siente, una de las primeras cosas que pronunció este genio malhumorado fue que «estábamos deseando verle, y que ahí estaba él para que nos deleitaramos«. Morrissey en estado puro. Y lo primero a destacar: su voz. Qué fuerza vocal conserva el de Manchester a sus 67 años, pensamos nada más oír ‘Billy Budd‘. Hasta tuvimos que chequear su edad en la Wikipedia para reconfirmar la sorpresa. Quien no lo hubiera visto antes, no tardaría mucho en entenderlo: el arrebato de arrojar su pandereta en un ataque de ira (eso mismo ocurrió) es comparable a su actitud sobre los tablones, un tío que siente al público invisible, como si estuviera en su cuarto con sus cosas, vilipendiando en voz alta sin que sepas exactamente a qué, a quién, ni porqué.
A eso del décimo tema, con una parte de las cartas de «Make-up is a Lie» destapadas, entre bocado de burger vegana y el hedor del acantarillado, empezaron a ocurrir los verdaderos milagros. Como si The Smiths bajaran desde el cielo para sentirlos en carnes, rompió a llover con incómodos gotarrones nada más sonar ‘How Soon Is Now?‘ de «The Queen Is Dead». Eso provocó una sutil desbandada del público hacia los soportales y una excitación palpable entre la mayoría que se quedó impasiva, agradecida por ese baño de épica. Máxima sensación de libertad y de momento irrepetible. De ahí pasamos a ‘I know it’s over‘ (¿la más sentida de la noche?), empapándonos de las lágrimas smithianas caídas del cielo, y con un público que decididamente tiró más del carro cantando en el tramo final. Bañados en euforia, Morrissey no tardó en sacar de nuevo a pasear su afilada ironía, interpelando al público español, taimado, para corear un «nuevo himno español». ¿Hablaba en serio? No estaba claro y a la vez estaba claro que no. Un repertorio de imágenes escalofriantes de matanzas taurinas se apoderó del escenario para acoger ‘The Bullfighters Die‘, recordando inevitablemente al «Meat is Murder» de The Smiths y a esa preciosa carta de amor al toreo firmada por Albert Pla, ‘Papa jo vull ser torero’. Humor negro a cucharadas.
Más de uno (conté tres) iba con el setlist de los anteriores shows en el móvil, llevando la cuenta de los hits que quedaban por tocar. Normal, porque era el turno de los platos fuertes: ‘Irish Blood, English Heart», ‘Jack the Ripper‘, y, tras el bis, la histórica ‘There is a light that never goes out’, que dejó la estampa de ver a grupos de amigos, parejas, padres e hijos, familias, abrazadas, cantando a pleno pulmón un tema que en ningún otro escenario podía reflejar mejor su condición de himno generacional. En su mensaje más claro de la noche, Morrissey hizo un llamamiento a «juzgar por lo que nosotros vemos y a opinar por lo que nosotros escuchamos«, apelando claramente a combatir la peligrosa era de la desinformación. Irónicamente, la despedida cerró con otro himno: «You’ll never Walk Alone». Un cántico a la unión y a la esperanza en tiempos turbulentos. El sábado, después de la tormenta llegó la calma.
Foto: Txus García (Barts Festival)
Texto: Màrius Riba