De prepucios, prejuicios y otros estorbos.

Al Dr. Enrique Price y su particular sentido del humor.

Nota preliminar y postoperatoria extemporánea: Rescato del baúl de los recuerdos dolorosos, una nota escrita hace 24 años y que tenía prácticamente olvidada, está dedicada al urólogo que practicó la intervención quirúrgica que detallo a continuación.

No puedo ocultarlo más, dejando la pena (palabra que resulta emparentada con el objeto que motiva la presente nota), debo confesar que a mis escasos treinta y pocos años me realizaron la circuncisión. Antes de entrar en el relato autobiográfico de naturaleza doloroso-vergonzante, es interesante, observar los matices que tiene este término: connotaciones médicas, religiosas y sociológicas.

En efecto, la circuncisión, es una costumbre antiquísima difundida entre egipcios y hebreos, entre estos últimos, se remonta a Abraham, como signo físico de la alianza de los judíos con Yahvé (Dios). Los cristianos católicos, el primero de enero, coincidiendo con el año nuevo, conmemoramos la circuncisión de Jesús (aunque no lo sepamos). Para estas colectividades y otras comunidades que la celebran, la circuncisión es un símbolo de pertenencia a la sociedad, y en ciertas circunstancias, se trata de un rito que supone la incorporación del joven a la vida sexual. En mi caso, ser incircunciso (si es que existe esta palabra), no fue óbice para ingresar al mundo de los adultos y adúlteros. 

Ahora bien, mi vida era normal hasta hace unos meses, cuando en una cita médica de rutina, el urólogo, serio y circunspecto (palabreja sospechosamente parecida a la otra), me recomendó (con tono de orden) que debía realizarme la circuncisión, para evitar infecciones y molestias futuras. Aquel día, salí con la instrucción médica por escrito, con rostro de vergüenza (aunque sin saber muy bien por qué) y un poco disimulado temor.

El miedo se tradujo durante los días subsiguientes en múltiples y afiladas formas, cuchillos, serruchos, cortaúñas y sierras eléctricas, objetos que poblaron mis intranquilos sueños. Empecé a pensar en materias tan disímiles como la castración de algunos animales, la vasectomía en los humanos, o temas históricos como los eunucos, que vigilaban los harenes en ciertos reinos orientales, o famosos cantantes como Farinelli. Mi glosario personal se enriqueció con variados sinónimos: extirpar, cortar, amputar. 

Sin embargo, de manera racional fui replanteando la cuestión, hasta adquirir el valor suficiente para aceptar la intervención. Lo único que no podía esconder era el prejuicio, a los amigos les hablaba en términos genéricos de una cirugía ambulatoria,  y aunque la operación es quizás más sencilla que una extracción de muela, uno no deja de pensar en su ubicación estratégica.

Realmente me sentí apenado. Al final me encontré en la sala de operaciones, haciendo chistes nerviosos, quedando dormido finalmente por la anestesia. Al menos para mi consuelo, no me encontraba como el pequeño Jesús, en ese maravilloso cuadro de Pedro Pablo Rubens (La Circuncisión, aproximadamente de 1605), que ilustra como imagen principal esta nota, rodeado de gente e incluso de ángeles, testigos de la cruenta operación que le practicaban.

Al despertar, luego de quitarme esa pequeña carga de encima (o de abajo?), comprobé que todo había resultado más sencillo y menos doloroso de lo esperado. Sin embargo, me pregunto si esta historia puede dejar alguna moraleja, aparte de cierto fastidio en la entrepierna. Creo que la enseñanza es simple pero directa, invitar a los padres para que le eviten posteriores vergüenzas y dolores a sus muchachitos. Por favor, siempre pregunten a su pediatra si el varoncito requiere de esta simple intervención. 

Sin embargo, lo más importante para mí beneficio personal fue aprender que el prejuicio, puede ser muy parecido al prepucio, un penoso estorbo.

Dixon Acosta Medellín (en lo que sigo llamando Twitter sigo como @dixonmedellin y exploro el cielo azul en Bluesky como @dixonacostamed.bsky.social ).

Escrito en septiembre de 2002, publicado 24 años más tarde, cuando el autor por fin perdió la vergüenza propia.

P.D.: Espero no haber creado un nuevo género literario-periodístico, el penegírico.

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Dixon Acosta Medellín (@dixonmedellin)

Advenedizo extraviado en la dimensión desconocida. Alguna vez aspirante a diletante cronopio y decantado en aceptable fama. De los pecados, errores y calamidades cotidianas me rescata Patricia, incondicional compañera. Cuando salgo del espejo de Alicia, me pongo corbata, apellidos de pila e intento aplicar lo aprendido en la Universidad Nacional de Colombia y otros gratos centros de estudio, en la diplomacia. Estuve en el desierto y ojalá pudiera dejar huella.
En horario no laboral me pueden ubicar en Twitter:
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