Si yo fuera Yerry Mina

Si yo fuera Yerry Mina, no volvería a representar a Colombia hasta que el presidente Gustavo Petro ofreciera una disculpa pública a él, a sus compañeros de la Selección Colombia y a los millones de hombres y mujeres afrodescendientes de este país que pudieron sentirse agraviados por sus palabras.

Yerry Mina no es únicamente un futbolista. Es hijo de Guachené, Cauca, una tierra donde la identidad afrocolombiana es parte esencial de su historia y de su cultura. Su vida es un ejemplo de esfuerzo, disciplina y superación. Desde una comunidad que durante décadas ha enfrentado profundas desigualdades, llegó a la élite del fútbol mundial y vistió la camiseta del Barcelona, un club que ha hecho de la inclusión y la diversidad parte de su identidad institucional.

Guachené es un pequeño municipio del norte del Cauca, ubicado estratégicamente entre Cali y Santander de Quilichao, en una región fértil atravesada por los cañaduzales del valle geográfico del río Cauca. Apenas supera los veinte mil habitantes y es una población con una profunda raíz afrocolombiana, donde la familia, la música, el deporte y la solidaridad comunitaria hacen parte de la vida cotidiana.

Sin embargo, el norte del Cauca también ha sido uno de los territorios más golpeados por la violencia colombiana. Durante décadas ha sufrido la presencia de grupos armados ilegales, el narcotráfico, el desplazamiento forzado y el abandono del Estado. Allí, para miles de niños, el fútbol no es solamente un juego: es una oportunidad para escapar de la guerra y construir un destino distinto.

De ese contexto salió Yerry Mina. Un muchacho sencillo, profundamente unido a sus padres y orgulloso de sus raíces. Su sonrisa permanente, sus bailes después de los goles y su manera espontánea de celebrar la vida lo han convertido en una de las figuras más queridas del deporte colombiano. Quienes lo conocen destacan su humildad, su cercanía con la gente y el compromiso que siempre ha mantenido con su comunidad, sin olvidar jamás de dónde viene.

Por eso, el mensaje publicado por el presidente Petro junto a una fotografía con el jugador no puede despacharse simplemente como una ironía o un sarcasmo político. La frase “Dignidad o nostalgias de hidalgos esclavistas” proyecta una idea inquietante: que una persona afrodescendiente debería responder a un determinado molde ideológico para ser considerada digna.

Esa es una forma de violencia simbólica que una democracia no debería aceptar. Porque el racismo no consiste solamente en insultar por el color de la piel; también aparece cuando se pretende decirle a una comunidad cuál debe ser su lugar, con quién puede relacionarse o qué posición política debe asumir para ser aceptada.

Los afrocolombianos, los pueblos indígenas, las mujeres o las personas LGTBIQ+ no pertenecen a ningún proyecto político. No pueden ser celebrados cuando respaldan una causa y descalificados cuando piensan distinto. Convertir las identidades en patrimonio de una ideología es una forma de manipulación y, en el fondo, de desprecio por la libertad individual.

Las luchas por los derechos civiles y contra la discriminación nunca buscaron imponer una única manera de pensar. Buscaron exactamente lo contrario: que cada persona pudiera ejercer su libertad sin ser juzgada por su origen, su raza o sus convicciones.

Por eso creo que el presidente Gustavo Petro debería ofrecer una disculpa pública. No solo a Yerry Mina, sino a todos aquellos colombianos afrodescendientes que vieron en ese mensaje una insinuación injusta y dolorosa. Porque la dignidad no depende de la cercanía con una corriente política, sino del reconocimiento de que cada ciudadano es libre e igual en derechos.

Hay discursos que para construirse necesitan dividir, clasificar y señalar. Pero una democracia madura no se fortalece cuando les dice a las personas quiénes deben ser; se fortalece cuando defiende su derecho a decidirlo por sí mismas.

Una democracia no se mide por cómo trata a quienes piensan igual, sino por el respeto que es capaz de brindar a quienes ejercen su libertad de pensar distinto. Y esa libertad también pertenece a Yerry Mina y a cada hombre y mujer afro de Colombia.

Avatar de Diego Aretz

Diego Aretz

Diego Aretz es un periodista, investigador y documentalista colombiano, máster en reconciliación y estudios de paz de la Universidad de Winchester, ha sido columnista de medios como Revista Semana, Nodal, El Universal y colaborador de El Espectador. Ha trabajado con la Unidad de Búsqueda y con numerosas organizaciones defensoras de DDHH.



Ver fuente