Había dejado de ser un autómata: era un animal, tenso, cauteloso, cargado de sentimiento, despojado de razón.
En 2017, hace casi una década, el director húngaro Ferenc Török presentaba la película 1945, que recibió buenas críticas, pero un número de espectadores discreto; se centraba en el regreso a su localidad de origen de dos supervivientes judíos a la II Guerra Mundial. No eran esperados y no fueron bien recibidos: sin dirigirse a nadie ni buscar culpas de su situación, simplemente su presencia suponía una provocación para quienes, encontrada la oportunidad, se aprovecharon en lo material de su desgracia.
Recordaba ese trabajo que las guerras no acaban del todo en el año en que los libros dicen que terminan: la sordidez y la ruina económica y moral no se diluyen en una cronología concreta.
Aunque abordado con matices muy diferentes, ese es el punto de vista respecto a la II Guerra Mundial que adopta Elisabeth de Waal en la novela El regreso de los exiliados, que ha publicado recientemente Libros del Asteroide. Abuela de Edmund de Waal, el autor de La liebre con ojos de ámbar o El oro blanco, escribió cinco obras que en vida no llegó a publicar, en alemán y en inglés, y una de ellas es ésta, que se encontró en 2013, cuando la escritora ya llevaba más de tres décadas fallecida.
Su muerte, como su nacimiento, había sucedido en Viena, pero ella residió en los peores años de Europa en Francia, Suiza e Inglaterra. Los lectores de su nieto saben que pertenecía a una familia aristocrática y judía, víctima del ardor antisemita, por eso conocía De Waal de forma muy directa las esperanzas, incomodidades y desarraigos de quienes escaparon, en este caso de Austria, amenazados o temerosos de serlo en los años treinta y, culminada la contienda, a veces muchos años después, decidieron regresar a su país. No siempre para vivir mejor, sino para hacerlo donde el instinto les demandaba estar.
Los protagonistas de El regreso de los exiliados son dos; ambos habitan a un tiempo en Viena, no llegan a conocerse aunque tienen allegados en común y sus perfiles no pueden ser más distintos: Kuno Adler es un científico de cierta edad, infelizmente casado e infelizmente emigrado a Estados Unidos, que decide dejarlo todo y regresar a Austria, aparentemente movido más por un extraño imán que por la razón, y Marie-Theres, hija de un matrimonio de exiliados. El caso de esta joven ofrece más particularidades ricas en su inicio que en su desenlace, desgraciado: no ha llegado a vivir en Europa, pero desde su adolescencia se hace evidente que América no es su lugar y sus padres deciden enviarla con esa familia de ultramar para ella desconocida.
De Waal maneja perfectamente ritmos y turnos a la hora de narrar esos intentos de recomposición de dos vidas por la vía del retorno a un origen añorado, a conciencia o sin ella, subrayando sin insistir los contrastes entre las decepciones primeras de Adler ante una ciudad arruinada y unas amistades esquivas y la fascinación primera de Marie-Theres por la autenticidad de su familia materna.
Conocerán un enjambre de supervivientes honrados y de vida decrépita, envueltos en culpas precipitadamente disueltas o moralistas, y en un ambiente en el que todos parecen no creer que han sobrevivido y por qué intentan, con suertes dispares, encontrar su camino. A la joven americana le lastra su juventud e inexperiencia, incluso su mismo deseo de salir adelante con éxito; para Adler, sin embargo, la experiencia y la paulatina ausencia de expectativas acabarán siendo ventajas.
De su historia se añora un desarrollo algo mayor, porque este personaje que en un principio se antoja gris acaba cubierto de magnetismo; también esperamos llegar a conocer el resto de novelas de De Waal.
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