
Los resultados de las elecciones locales han confirmado el presentido decaimiento del bipartidismo británico. Si bien se trataba de elegir alcaldes y concejos municipales en Inglaterra y parlamentos autonómicos de Escocia y Gales, era inevitable que los comicios fuesen medidores de la popularidad del gobierno laborista de Sir Keir Starmer y de la fuerza de los partidos tradicionales.
Como lo habían previsto los sondeos de opinión, Reform UK, partido que apareció en escena en favor del Brexit y ahora centra su proyecto en castigar la inmigración y deportar a los ilegales, ocupó el primer lugar en las preferencias de los votantes y desplazó a conservadores y laboristas a lugares nunca vistos desde que comenzaron a alternarse en el poder a principios del Siglo XX.
Además de Reform UK también avanzaron los liberales demócratas, así como los verdes. Y tanto el Partido Nacional en Escocia como Plaid Cymru en Gales, que avizoran la independencia de esos dos componentes del Reino Unido, se consolidaron en el dominio del respectivo escenario político. Así, son cinco las fuerzas que asedian a los partidos tradicionales y amenazan con introducir un cambio importante en la forma como funciona una de las democracias más antiguas del mundo.
Desde el Siglo XVII, y hasta finalizar el XIX, Tories y Whigs representaban posiciones diferentes respecto de la primacía de la Corona o del Parlamento, consecuencia de una larga disputa con raíces profundas en la formación misma del conjunto de nacionalidades que hoy forman el Reino Unido y que en su momento animaron la expedición de la Magna Carta en 1215, y la Bill Of Rights en 1689.
Al comenzar el Siglo XX los Tories derivaron en el Partido Conservador, defensor de la monarquía y la iglesia anglicana, y los Whigs en un Partido Liberal que más tarde desembocó en el socialdemócrata Partido Laborista, con tendencia a privilegiar el poder del parlamento. Hasta entrado el XXI, esos dos partidos se han alternado en el poder al ritmo que el electorado ha preferido hacer oscilar el péndulo. Con excepción de la explicable coincidencia destinada a sobrevivir la Segunda Guerra Mundial.
El bipartidismo se sostuvo en gran medida gracias a un modelo electoral que en cada circunscripción territorial le da el escaño correspondiente a quien obtenga el mayor número de votos. Es el famoso “first past the post”, conforme al cual el primero en votación se lleva todo. “Escrutinio mayoritario uninominal”, que condujo a que hubiera dos formaciones fuertes que se disputaban cada curul, sin dejar campo para aventuras de tercerías llamadas a fracasar. Nada de proporcionalidad.
El asunto comenzó a cambiar 2010, cuando ninguno de los dos partidos tradicionales logró escaños suficientes para sostener un gobierno. Por lo cual el Partido Conservador, primero en los comicios, se alió con el Liberal Demócrata para reemplazar al laborista de Gordon Brown, sucesor de la “Tercera Vía” de Tony Blair. Alianza de centro y centro derecha que duró hasta 2015, cuando los conservadores obtuvieron de nuevo mayoría suficiente para gobernar por su cuenta.
En 2016, el conservador David Cameron, partidario de permanecer en la Unión Europea, convocó a consulta popular sobre un posible Brexit, para cumplir una promesa de campaña. Al girar la votación en torno a temas no tradicionales, resultó fácil apelar a argumentos falaces, como que la Gran Bretaña sostenía a la “perezosa Europa mediterránea”, para buscar el apoyo de los sectores sociales menos educados y más alejados de la liturgia de la vida política y de la economía internacional. Con el sorprendente resultado de la salida de la Unión, el correspondiente desacomode de todo tipo de asuntos y el comienzo de una etapa llena de incertidumbre que no ha terminado.
Después de haberse retirado de la política, el promotor principal del Brexit, Nigel Farage, decidió retornar para encabezar un partido que, bajo el nombre de Reform UK, ha conquistado no solo jefes políticos regionales y locales, sino un nuevo caudal de votantes que no se sienten cómodos ante la falta de respuestas a sus anhelos inmediatos por parte de los partidos tradicionales.
Reform, teñido de populismo, y eficiente en la apelación a votar por asuntos de interés inmediato, predica una acción radical “animada por el sentido común”. Busca la desregulación de la vida de la gente y de las empresas, introducir elementos de índole privada en el manejo de la salud, fortalecer la soberanía nacional frente a la inmigración, deportar a los ilegales, acentuar las diferencias con Europa y sus instituciones, y asumir una posición nada verde en materia ambiental. Con lo cual, sumado a los ya mencionados Liberal Demócrata, Verde, Nacional Escocés y Plaid Cymru, ha conseguido sacar a la gente de los dilemas de siempre entre laboristas y conservadores.
El espectáculo, a la hora del discurso del Rey, que tuvo lugar en estos días para abrir las sesiones del Parlamento y presentar el proyecto del gobierno para este tramo de legislatura, era el de dos partidos recién derrotados en las urnas, encerrados en el recinto que ocupa el parlamento desde 1512, hablando de las diferencias de sus proyectos, mientras afuera la mayoría de la gente acababa de votar de manera contundente por partidos diferentes.
La vida política británica se desenvuelve hoy bajo la sombra creciente de una posible victoria de Reform UK en las próximas elecciones generales, que tendrán lugar en 2029. La pérdida de cientos de curules en las instancias locales y regionales se vino a sumar a la crisis que ya afectaba al gobierno del primer ministro Keir Starmer, que ha brillado en el panorama internacional pero ha tenido serios reveses en la política interna, que en todas partes es inclemente.
Al jefe del gobierno se le ha acusado de amiguismo y falta de criterio con motivo de la designación del Lord Mandelson, cercano al infame pedófilo Epstein, como embajador en Washington, pero sobre todo se le ha calificado como “tibio” y poco inspirador, así como mal gerente de la acción del gobierno ante las angustias diarias de la gente. Algo impresentable en el seno de un partido que se reclama como el de las clases populares.
Por un lado, crecen voces que piden el retiro inmediato de Starmer, como quien prescinde de un entrenador de la Premier League cuando pierde un partido. Por otro, resuenan las de quienes consideran que, en lugar de dedicarse al proceso de reemplazarlo por otro para que asuma el gobierno hasta 2029, el partido debería avanzar con toda energía en su proyecto. Y es que mal se podría esperar que cumplida menos de la mitad del tiempo del mandato ya se hubiera desarrollado todo el plan de gobierno y resuelto los problemas, en medio de una crisis histórica en la relación del Reino Unido con Europa y también con los Estados Unidos, además de una guerra en Ormuz que afecta la economía a escala mundial.
Ya se vio cómo, en su momento, el Partido Conservador se consumió a sí mismo a partir de las extravagancias de Boris Johnson, popular como pocos y juguetón por decir lo menos en el ejercicio del poder. Proceso que llevó al colapso de ese partido, después de “consumir” cuatro primeros ministros: Johnson, May, Truss y Sunak, enfrascado en luchas internas.
Salga o no el laborismo de su crisis actual, lo que es relevante en el fondo es la crisis del bipartidismo británico, pues así como hay crisis en el partido de gobierno, el Conservador no se queda atrás, pues a juzgar por el resultado de las elecciones, sus credenciales como partido de oposición están en entredicho ante el empuje de la nueva primera fuerza de oposición en el país, que sería de hecho Reform UK.
La incógnita de fondo es la forma en la cual Reform UK seguirá jugando con base en su avance de ahora y lo que sería capaz de hacer si asumiera la tarea de gobernar en 2029; o antes, si llega a haber elecciones generales anticipadas, haciendo a un lado a conservadores y laboristas. Incógnita válida, pues Reform suma su nombre a la lista de los partidos populistas de derecha, un poco “trumpistas”, que en uno y otro lugar de Europa siguen un modelo nacionalista, antiinmigración, anti-Unión Europea y antiglobalización. Aunque que buena parte de los sectores urbanos, empresariales y mejor educados, no están de acuerdo con el aislacionismo, como tampoco lo están los posibles separatistas de Escocia y Gales, que en un momento dado preferirían lanzarse al mundo por su cuenta.
Asunto éste último de gran calado pues, con los resultados obtenidos en las recientes elecciones, los nacionalistas escoceses y galeses pueden ver al alcance de la mano un intento más de retiro del Reino Unido, que desbarataría una de las grandes potencias de los últimos siglos. Y todo esto, frente a dos partidos históricos debilitados ante el avance del populismo, puede llegar a ser la tormenta perfecta.