
La historia parece repetirse: éxitos deportivos, pero fragilidades institucionales. Los recientes acontecimientos del deporte colombiano revelan una paradoja inquietante. Mientras el mundo aplaude la hazaña de María José Marín, quien en abril de 2026 conquistó el prestigioso Augusta National Women’s Amateur en el legendario Augusta National Golf Club, en Bogotá se apaga silenciosamente uno de los escenarios más emblemáticos de inclusión deportiva: el Club Popular de Golf La Florida.
En mi libro Diplomacia Deportiva y Poder Blando de Colombia (Editorial Tirant lo Blanch, 2025), advertía una constante de nuestra historia deportiva: el país no ha logrado saldar una deuda estructural. Existe un profundo abismo entre los logros de los deportistas y las inconsistencias de la dirigencia. Mientras los primeros superan obstáculos, precariedades y limitaciones para competir, los segundos suelen extraviarse en disputas políticas, visibilidad mediática y decisiones erráticas.
Esta desconexión no solo afecta el desarrollo del deporte: impacta directamente el poder blando y la imagen internacional del país.
Este contraste no es casual. Es una radiografía de las tensiones entre el discurso del éxito internacional y las decisiones internas que debilitan la base social del deporte. Es aquí donde la diplomacia deportiva deja de ser un concepto teórico para convertirse en una herramienta crítica de análisis.
Las diplomacias emergentes —como la deportiva— se construyen a partir de símbolos, narrativas e imágenes. En la sociedad internacional, los protagonistas no son únicamente los diplomáticos tradicionales, sino también los deportistas, quienes encarnan valores, identidad y reputación nacional.
La victoria en Augusta: poder blando en estado puro
El triunfo de María José Marín no es solo una victoria deportiva. Es un acto de diplomacia deportiva en su máxima expresión. Países como Irlanda han comprendido este fenómeno mediante estrategias estructuradas de sports diplomacy: el deporte proyecta reputación, construye narrativa país y abre puertas donde la diplomacia tradicional encuentra límites.
Con su victoria en el Augusta National Women’s Amateur, Marín se convierte en la primera golfista colombiana y latinoamericana en alcanzar este título, consolidando un hito histórico para el país. Su logro es resultado de disciplina, talento y constancia; para Colombia, representa un fortalecimiento tangible del poder blando y de su posicionamiento internacional.
Más allá del triunfo, su historia refleja el proceso silencioso de formación que comienza desde edades tempranas. Como muchos atletas de alto nivel, su desarrollo es el resultado de años de aprendizaje, acceso a escenarios deportivos y acompañamiento técnico.
Pero surge una pregunta inevitable: ¿de dónde nace ese talento?
La Florida: el origen invisible del éxito
Durante más de cinco décadas, el Club Popular de Golf La Florida ha sido mucho más que un campo de golf. Ha representado un espacio real de democratización del deporte, una plataforma de movilidad social, un semillero de talentos con impacto nacional y un modelo comunitario sin ánimo de lucro.
En este escenario, miles de ciudadanos han accedido a un deporte históricamente restringido. Allí se ha construido, de manera silenciosa pero efectiva, una forma de diplomacia deportiva basada en la inclusión. No desde los grandes torneos, sino desde la cotidianidad de la formación, la práctica y la oportunidad.
Sin embargo, la restitución del predio y la incertidumbre sobre su continuidad no constituyen únicamente un conflicto contractual. Representan una fractura en la cadena de valor del deporte colombiano y un debilitamiento tangible del poder blando nacional.
Este fenómeno no es aislado. El Global Soft Power Index en sus ediciones 2024 y 2025 evidencia que Colombia atraviesa un proceso de proyección internacional marcado por profundas asimetrías. El ascenso en el ranking global —del puesto 69 al 61— refleja, en buena medida, una victoria de la identidad sobre la institucionalidad.
Mientras pilares como Cultura y Patrimonio y Personas y Valores proyectan una imagen de país vibrante, resiliente y atractivo, otros componentes fundamentales muestran retrocesos preocupantes. La caída en indicadores de Relaciones Internacionales y Gobernanza sugiere que la comunidad internacional percibe una brecha creciente entre el atractivo social de Colombia y la confianza en sus capacidades institucionales.
En este contexto, el patrimonio cultural —en el que se inscribe el deporte— se consolida como uno de los motores más eficaces del poder blando. La cultura tiene la capacidad de influir en percepciones, moldear preferencias y generar vínculos de confianza entre Estados, sociedades y actores estratégicos.
La brecha entre discurso y realidad deportiva
La diplomacia deportiva, entendida —como lo define el Instituto Matías Romero— como una vertiente de la diplomacia pública que utiliza el deporte para fortalecer relaciones, promover cooperación y proyectar una imagen positiva, exige coherencia interna.
No resulta consistente aspirar a consolidar una imagen de éxito deportivo global mientras se debilitan los espacios que permiten el acceso, la formación y el desarrollo de nuevos talentos. En esa tensión se define, en gran medida, la credibilidad internacional de un país.
El caso de La Florida plantea interrogantes que trascienden lo deportivo:
- ¿Puede hablarse de diplomacia deportiva sin garantizar acceso real al deporte?
- ¿Es sostenible el éxito internacional sin inversión en la base social?
- ¿Qué mensaje envía Colombia cuando un modelo de inclusión deportiva enfrenta su desaparición?
Aquí la diplomacia deportiva deja de ser un concepto aspiracional para convertirse en un criterio de evaluación de la política pública.
Más allá del golf: un activo estratégico en riesgo
La posible desaparición del Club Popular de Golf La Florida no es un hecho aislado. Sus efectos son estructurales: afecta procesos de formación deportiva, limita oportunidades para jóvenes y adultos mayores, impacta el empleo de decenas de familias y debilita programas sociales y ambientales asociados al territorio. En este club, mensualmente 1.100 – 1.300 jugadores practican este deporte; un número alto de empleados y familias serán afectados.
Pero, más allá de sus consecuencias inmediatas, implica la pérdida de un activo estratégico: la capacidad de mostrar un modelo de deporte inclusivo, accesible y socialmente transformador.
En términos de diplomacia deportiva, esto equivale a renunciar a una de las formas más auténticas de construcción de reputación internacional.
Conclusión: el camino a Augusta empieza en La Florida
El triunfo de María José Marín en Augusta demuestra hasta dónde puede llegar Colombia. El caso de La Florida revela desde dónde comienza ese camino.
Si el país aspira a consolidarse como un actor relevante en la diplomacia deportiva global, debe comprender que su mayor fortaleza no reside únicamente en sus campeones, sino en los espacios que los forman.
Porque, en última instancia, la verdadera pregunta no es si Colombia puede volver a ganar en Augusta. La pregunta es más profunda: ¿seguirá teniendo escenarios como La Florida para formar a la próxima campeona?
*José Miguel Castiblanco es el director del Centro de Diplomacia Pública y Corporativa y embajador de Carrera (r.); especialista en diplomacias emergentes.